TE QUIERO CUANDO NO ERES TÚ (I)

No has perdido la calidez de los ojos afilados, diminutos, casi como dos rayas en negrita decorando esa piel tosca, tú decías que curtida por el sol y trabajar en la calle. Ahora cuelgan del cuello las ristras que la gravedad le arrebata a la piel y te ha caído el vello del pecho, el que mostrabas orgulloso a la vista por no soportar los botones abrochados. El primero que caía en abrir la camisa en cualquier reunión familiar eras tú, sin collares, alianzas ni nada que te atara, siempre te ha parecido todo poco, nunca suficiente.
No te ha frenado que el mundo opine diferente, que las personas tengan su propio credo. La tuya era siempre la mejor, la única opción. Recuerdo la vez que en lengua española, en el colegio, escuché el significado de ‘tolerancia’ y pensar que, justo, quería decir lo que tú no eras.

Pensaba que había sanado de ti y tus obsesiones, creí que había hecho mi trabajo en aquellas consultas sin diván pero acostando la consciencia. Constelando y apelando a los ancestros por que iluminaran mi camino y acallaran tu quejido, que calmaran tu brío. Y cada vez que voy a verte pienso que no podré, que los fantasmas del odio volverán a tocar mi espalda para no poder ser amable. Y no sé qué especie de magia se conjura para que pueda lidiar con lo vivido cuando te tengo delante de forma más o menos ecuánime, hasta cordial. 

Dicen que no es bueno contradecirte en tu limbo, pero tú sabes también que a pesar de tu olvido no permitiré que impongas tu fuerza como cuando fui una niña. Acabo tus frases porque no atinas con las palabras, las caras en tu cabeza son la pieza de un rompecabezas sin nombre. La niebla y la oscuridad empiezan a quedarse y el sol aparece en ratos contados: como viajar en un momento del Caribe a Londres sin moverse del sillón, ese que cada vez soporta más tiempo tus piernas torpes. 

Cuando empezó este viaje bendije el cielo por cambiarnos, en un estallido increíble, al ser en el que te convertías,  atento, colaborador, humilde, desvalido a menudo, agradecido como un niño perdido que necesita guía y apoyo. Sonreías a menudo como si el mundo te pareciera maravilloso y todos fuéramos la familia que deseabas pero poco apreciaste. 

Hablé más contigo en ese ingreso de ocho días que en toda mi vida. Hasta te expliqué que el gato que se te apareció no existía y que el paciente de al lado “no quería nada conmigo” porque estuviera en la habitación todo el tiempo reposando su herida. Al segundo día, ya instalado en planta, hubo que volver a acompañarte, tu promesa en urgencias de tener paciencia y esperar al día siguiente caducó en 14 horas, salió el que conocemos y entre dos celadores redujeron tu voluntad de escaparte.
Otro día pedí permiso a la enfermera, aseguré que te abrigaría del mes de febrero, que tendría todo el tiempo tu mano en la mía, convencí a las vigilantes de blanco que necesitabas caminar, rodar, recordar, ver, que volveríamos pronto. Bajamos una mañana al bar del hospital: probablemente tú no caíste, pero era la primera vez que a tus 81 años tomabas un café conmigo en público. No fue complicado complacerte, el café y el bocadillo te supieron divinos, como jamás le reconociste a mamá su cocina.

El resto de días fue un seguido de inconexas declaraciones, incertidumbres, paranoias (pero esta vez inocentes), y clases fundamentales de familia y funciones; en resumen un hombre que tenía el DNI y los genes de mi padre pero que había mutado a un anciano frágil y complaciente.
Desde entonces la medicación quizá haya aletargado el proceso inevitable, pero tu nervio continúa activo y hasta en un instante, de un solo gesto, eres capaz de olvidar quién es mi madre para pretender echarla de casa por convertirse en extraña. Y la enfermedad te devora o tú la engulles, vasculando, hasta dónde llegas tú y dónde empieza ella… incedente demencia.

Te quiero cuando te vas, cuando se queda el otro, el que me sonríe desde el alma, el que toma en cuenta mis palabras, el que me escucha, el que se conforma, el hombre que aprecia su familia, el que se deja cuidar, el que reconoce sus límites, el que respeta las formas. Te quiero cuando no eres tú.

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