TODO SOBRE MI ENCIERRO

Nos confinaron por no saber cómo gobernar el descontrol, mientras algunos desconfiamos. Y así estamos desde hace dos meses, la libertad se vuelve clausura y los lunes son domingo. Silencio, desiertos, quietud, personas encerradas, persianas echadas.

Tenemos miedo de la saliva invisible y las máscaras ocultan más temor que prudencia. Estamos perdiendo el tacto por los guantes de plástico y porque cuando se nos permite salir por lo vital, lo hacemos sin medida. No sabemos guardar las distancias y mientras calculamos las pulgadas perdemos centímetros de esperanza. La emergencia se ha vuelto poder respirar bien y parece que no hay más males que nos acechen, como si el demonio pulsara solo una tecla. Así, que, ante más prioridades ahora precarias, la rueda tentada a detenerse amenaza un caos global. 

Desde que tú no andas por casa y yo ando por casa por no poder pisar la calle, no ha llamado el CIS para preguntar mi opinión, he leído mil novecientas treinta y siete páginas agrupadas en cinco libros, he ordenado mis rizos por intención de bucles y he limpiado las ventanas hasta trece veces para que siga asomando el sol o la lluvia golpee en cristales vírgenes. Me he estirado y encogido como fiel discípula de un tal Pilates. He desecho figuras de origami para desbaratar cada pliegue, como si una cámara hacia atrás pudiera deshacer este entuerto. He congelado más alimentos que nunca por si acaso estallara una guerra, he convivido con mis canas más de lo acostumbrado por no teñir tiempo. 

Como en las fantasías apocalípticas del cine, también tenemos nuestros cometidos para con la sociedad. Nos instan a salir a los balcones para aplaudir a los ocho en punto a los auténticos militares, pero el mundo no sabe que siempre llego tarde. Ahora ya ni siquiera corro a corear las últimas palmadas aún arriesgándome a ser blanco de la comunidad delatora, estoy acostumbrada a ser señalada.
Sigo aún más agradecida a todos aquellos que arriesgan su salud para seguir insuflando esperanza y vida. Valoro todavía más si cabe el trabajo de los soldados en bata, con armadura de plástico, yelmo transparente y termómetro como espada. No hay nada peor que luchar con un enemigo invisible, mortal y gigante que va sumando legiones a medida que avanza.
No sabemos de eso, nosotros que tanto presumimos de todo lo que más se ve. No sabemos de rivales etéreos porque lo esencial, de lo que más carecemos, es invisible a los ojos. Probablemente el Principito podría darnos algún consejo ya que, el que fue rey y su prole siguen las instrucciones de lavarse las manos y llenárselas bien.

La otra política, la de sotana, casulla y solideo, como si nada más pudiera hacer, junta sus manos, también escrupulosamente lavadas y ora al altísimo con altísima sonoridad. Con la anestesia hemos topado.

Después de estas semanas entramos a otro túnel, trabajamos, por menos sueldo y tiempo, pero por lo menos.  Anuncian volver a la normalidad en diferentes fases, pero solo el humano volverá a ser normal. Nos han inoculado paralelamente otro venenoso virus: convertirnos en policías de nuestros iguales congéneres. Hemos adoptado una placa que nos autoriza a juzgar cuántos deben salir, a qué horas, cómo de cerca paseamos y cómo pasamos de enmascararnos. Debe haber una lista secreta que concede salida y paseo a unos cuantos, y los demás, desconociendo los nombres agraciados nos convertimos en delincuentes paseantes, en infractores saltándonos el programa de protección de ombligos. Cierto, algunos, pocos, actúan como si esto fuera pasado cuando está más presente que nunca. Pero son más cretinos y estúpidos los que creen que al denunciar en las temibles redes quedan por encima del resto y van a dar escarmiento.

Lo sabes, soy más de roce que de cariño, así que desde hace semanas te deseo orgánico, te quiero biológico sin tabla periódica que mezcle más espera y desespero.
Solo necesito combinar nuestros cuerpos gráficos en hexágonos completos y a medio hacer para representar el  alcaloide de nuestra fórmula, escapar a un pajar a buscar la aguja, tamizar abrazos para quedarme solo con lo que late en ti.
Mientras tanto estudiaré conversiones de Morse y aprenderé a besarte a rayas y punto.
Escribiré este mensaje con mina de carbón, lo encerraré en una botella y lo tiraré a un charco; acaso hubiera un agujero de gusano y nos llegara más adelante, vacunados, en la bañera, para leértelo estando confitados, cocidos uno frente al otro.

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