18 JULIOS

Deseada, como el que llegó antes para enseñarme. En un verano asfixiante que no rompía termómetros desde hacía ochenta años, estabas tú por llegar en el mes del César. Te mostraste para el quinto mes desde mis tripas y mi intuición, por segunda vez, venció. Tenías nombre desde mis dieciocho sin saber siquiera que existirías. 

Tu cuerpecito pasó del medio metro, y a pesar de vaciarme a diario y entrar en una anemia severa, encajé apenas cinco kilos. 

Una maratoniana tarde calculada para forzar tu salida y tu caverna reaccionó con espasmos cada vez más seguidos y dolorosos. Encarando la madrugada tocó respirar suave y seguido. Mi recipiente pausaba por dolor y hasta los pulmones esperaban unos segundos a insuflar aire. Recordé la primera y última vez, el desencaje de mi pelvis, el tiempo espeso, sin fin, la presión en el pecho, las espadas fantasmas que se clavan en los riñones y desde el ombligo hasta las ingles. Así que, aunque pronosticaran que nunca es igual, lo fue.

Entraste al mundo saliendo del nuestro, nunca hay vuelta atrás. Llené mis brazos y el corazón con cuatro kilos de carne de ternura, maravillada del segundo milagro. Mi vientre vacío lloró más sangre exaltado. Toda la emoción concentrada en unas manitas y perfectos pies. En una muñeca que empezó a prendar a primera vista. Eras feliz durmiendo, te perdiste el ritmo del tiempo, los sucesos, las visitas, los ladridos de nuestras peludas, las travesuras de tu único hermano. Pero encontraste la calma, el descanso, la sonrisa espontánea, la tranquilidad de saberte querida.

Pronto, apenas sin saber andar escogiste tu mejor cómplice, tu abuelo no supo resistirse al encanto que derramabas, a la magia que desprendías. A pesar de sus reticencias, de su primitivo talante, no pudo más que adorarte, siempre, por encima de todos y de todo. Te convertiste en una nueva obsesión para su larga lista de manías.

Te movías vivaracha y respondías insólita aleccionada por tu maestro, solo tres otoños mayor. Era increíble verte defender a tu hermano mayor de una regañina. Tus desafíos siempre inflamables, como manda el signo del león que con el tiempo han devenido en explosivos. Ojalá sepa enseñarte el camino hasta el agua para templar tanta llama. 

No era de extrañar que necesitaras arder y así escogiste, para que tu pasión se viera recompensada, otra actriz de otras tablas en el escenario. No sabía lo me quedaba por aprender para dirigir a mis dos protagonistas.
Curiosamente siendo zurda te cuesta proceder con mano izquierda, aunque sé que aprenderás, porque se trata de equivocarse y rectificar, tropezar y volver a intentarlo. Me fascina que seas buena persona, amiga leal y la hija que toda madre sueña. No dejes de escuchar al que necesita tu bondad, tu abrazo, porque dentro de ti hay entusiasmo y una fuente inagotable de sentimiento. No puedes privar al mundo de tu fuego. Siempre te decía, -os decía- que no eras la más bonita, la más aplicada, ni siquiera la más sensata, pero sí mi mejor obra por más letras que escriba. 

Porque lo mejor de tus defectos es el empeño de enmendarse, aprender, continuar por ser tu mejor tú. Escoge, medita, retente, no des tu poder a nadie, quédate con tu fuerza. Y solo después salta al ruedo orgullosa como siempre de ti y lo aprendido, pero con la humildad que concede lo incierto de la vida.

Como a tu hermano: Querida mía, cumples dieciocho y quisiera premiarte con algo exclusivo, pero solo puedo regalarte consejos para siempre. A pesar de los obstáculos, no te rindas, lucha por lo que deseas y amas, nadie te regalará nada, así que trabaja duro, equivócate y levántate: es la única manera de llegar al éxito, pero no dejes de proyectar, atrévete a intentarlo. Mantente íntegro a lo que perdura. Ama, ríe, sé generosa, profundiza, no te quedes en la superficie, ni con las personas ni con lo que sueñas, aprende a ver más allá. Distingue entre ser decidido e insensato, no todas las batallas son provechosas. No te arrepientas de haberlo intentado, solo los valientes alcanzan el triunfo y pocas veces a la primera. Vive la alegría por las tristezas que vengan. Si crees en ti, nada contra corriente, aún zambúllete, aunque intenten convencerte de seguir las aguas del mundo.
Recuerda quiénes eran tus mayores y lo que hicieron por ti y contigo. Trata con respeto siempre, siempre a todo, a todos. Cuida y quiere a tu hermano a pesar de que toméis caminos distintos, siempre será tu otro eslabón, el que te ata a un pasado común, que continúe siendo un presente en el futuro

De madrugada, a las dos menos cuarto, volvías a respirar fuera de nuestro agua y encima de mí, dejaste la gruta que te guió hasta mi pecho para empezar a amarte indefinidamente. Volví a romperme, a desgarrarse mi carne, otro recuerdo de amor y dolor a partes iguales. Una secuela que entre los tres seguimos convirtiendo a diario en historia. 

¿(CAN)SADO ES (H)ECHO POLVO?

Verano antes del solsticio. La hoguera de San Juan en la calle, sin combustible, madera ni fuego, a las seis de la tarde. Los bares empiezan a recibir de nuevo sin audiencias ni citas previas. Las mascarillas solo se libran de la cara al aire en las mesas con distancia y mientras se está consumiendo, yo tramposa, me quito esa venda desde que me siento, desde toda la prohibición.
Aprovechamos a refrescar los cuerpos dentro de dos cervezas y soñando despiertos en piscinas. Cualquier conversación sirve, hasta para reír hace calor. El bullicio de la terraza viene y va como en un polígrafo de mentirosos.
Una pareja se acerca y queda cerca de las mesas, habla, conviene, acuerda. Ella entra al supermercado, él se queda, paciente, al sol de un junio inclemente apoyado en una señal de Stop, acatando peatón quieto las órdenes para motores. En unos minutos el tono de los tertulianos anónimos va subiendo entre sorpresas y cuchicheos. Risas y siseos que me obligan a mirar de lado a lado por ver de dónde viene tanto murmullo. El hombre quieto resulta ser el foco de miradas descaradas, que suma la mía también incrédula por la foto que llega a mi vista. Cual perro aparcado, el hombre ata su presencia al poste con una correa de cuero hasta un collar abrazando su cuello. Con pose tranquila, mascarilla en boca, eso sí, sin bozal y manos en los bolsillos se apuesta dócil en su sitio.

Inmediatamente pienso que es una broma, una filmación, un experimento o alguna suerte de protesta, como el que se encadena a los árboles. Parece, según transcurre el calor, que alguien decide acabar de alguna forma con esta escena y de pronto dos actores más entran en acción. Dos agentes se acercan  armados con mascarilla al hombre frenado. Intercambian con él algunas palabras, la terraza sorprendentemente calla, las voces silban, los ojos pasmados.
Le piden explicaciones de tan singular acto y se aseguran que continúa allí por propios motivos, sin coacciones ajenas. El tipo reconoce que es todo normal y libre, que él aguarda las órdenes, pero dejando a la autoridad de lado, afirma que es a su ama a quien él obedece ciegamente en todo lo que ella mande. Los policías ante un sospechoso culpable de burlas sin improperios, le hacen repetir  escuchando exactamente el mismo anuncio. Así que piden documentación que el esclavo solícito muestra sin objeción alguna. Desde la mesa es imposible dejar de mirar y escuchar el serial, la gente que va pasando mira disimuladamente al principio para después observar sin miramientos pero mirando sin pudor, quizá el mismo pudor del que carece el frenado, gritando en silencio su sumisión en público. 

Con lo que no contábamos era con la aparición estelar de la gran artífice del reparto, sin duda, la gran protagonista de toda esta pieza teatral: el ama saliendo del supermercado. Extrañada y hasta molesta, bolsas de compra en mano con zanahorias que descaradas asoman de su carga, se dirige hasta el plató improvisado para pedir explicaciones que a la vez le son requeridas. Ella confiesa que no esperaba tanto revuelo por aparcar a su esclavo mientras hacía la compra. También muestra su identidad, pero desde mi localidad, no en primera fila, ignoro si les enseña documentación de maestra y dominadora o solo la profana y terrenal que expide la más alta esfera del imperio.

Una vez comprobadas y tomadas las identificaciones para elaborar el informe, los agentes se despiden saludando de aquella forma oficial a la que uno no sabe responder, ella desata a su esclavo. Este espera manso como cualquier perro que se contiene hasta que su amo lo libera de la cuerda, pero confieso que este en concreto al verse libre del poste no saltó vivaz, ni distinguí si sacudió alegre la cola.

En los informes de comisaría alguien teclea sonriendo al expedir observaciones recordando alguna canción. Viernes dieciocho de junio a las dieciocho once: Como un burro amarrado a la puerta del baile. Borra. Como un perro atado a la puerta del Súper. Tacha. Como un esclavo amarrado al poste de Stop.

11/01/2021

Las fechas, los números siguen añadiendo renglones a nuestra existencia. Nos siguen robando vida papá, restando minutos a nuestro permiso diario, sustrayendo derechos, prohibiendo cafés. Cierran bares y posibilidades, acotan risas, voces en alto en el metro. Ahora hay vagones de silencio; si pudieras verlo no lo creerías tú que naciste al año de la guerra. No hay armas, solo miedo y multas, esa es su pistola para contenernos; si pudieras estar aquí serías el rebelde que fuiste, el inconformista que busca grietas en un muro.

Todavía no sabemos quién es Bansky papá, pero tú tampoco lo sabías ni te importaba. Te conformabas últimamente con encontrar rostros conocidos en tu niebla, aunque no sabías ni el nombre, solo caras familiares que te sujetaran a una realidad caduca. 

No sé si debería aumentar el número de lágrimas, sufrir cada día un rato más, rememorar más a menudo todas las fotos recopiladas, pero es que no quiero dramatizar la tragedia ni subrayar la desdicha. Tú también eras así, llorabas lo justo, sin teatros ni odiseas, más bien solo que con público y sin saborear la calamidad.
Casi siempre te arrepentías de los cambios, hasta de comprar algo, no sé si por cobardía o por indecisión, pero a menudo manifestabas clamando al cielo tu desazón consumada. Curioso de verdad, por ser más ateo que nadie y hacer reclamaciones al firmamento a la vez; por invocar santos reales e inventados en asistencia urgente.
Crecimos con ello, como cuando en el coche se formaba aquella inexplicable tensión que cargabas con gasolina y dinamita por una caravana, por una leve equivocación en ruta. Todos nos volvíamos pequeños, invisibles, recuerdo sostener la respiración, pausar cualquier mínimo ruido, para que nada distrajera tu retahíla de maldiciones y golpes en el volante. Mamá siempre obediente y sumisa ya nos aleccionó sobre tu particular carácter y así empezamos a naturalizar tus salidas de tono y la respuesta frenética y desmesurada ante cualquier hecho que no pudieras controlar. Esa era nuestra existencia, ni buena ni mala, la nuestra, la de convivencia y de relación puntual, apenas inexistente, con el resto del mundo. 

Hay un hombre que me abraza muy a menudo papá, como nunca hiciste conmigo. Me besa por prescripción imperativa y toma mi mano a diario. Me envía fotos del cielo cada mañana y salta las normas para asaltar mi espacio. Ni tahúr ni religioso pero ha apostado por mí y nos ha convertido en nosotros, espera cada carta impaciente y es adepto de mi letra y mi boca. Te hablé de él cuando, enfermo pero cuerdo, oías bien y escuchabas poco. Soy feliz. Yo le doy mar y fuego y él me da árboles a los que trepar y aire; la vida es mejor si estamos cerca. Jugamos a lo mismo cada cual en su estilo y campo, pero cuando jugamos juntos, nos ganamos.

Casi nunca te interesó mi corazón, lo sé, solo que el resto de órganos cumplieran exactamente su función sin fallos. Tampoco mis líneas tenían importancia para ti, la farándula y lo artístico no dan de comer, eso predicabas y practicabas. También cultivaste en mí que ningún hombre me mantuviera ni me reprochara vivir de él…  por si acaso, que nadie pudiera tratarme como tú a mamá. No te preocupes, hiciste bien tu cometido, trabajo y mantengo mi casa y mis hijos, los hombres solo me reprobaron querer demasiado, pero también hice de mi experiencia un lema y me instruí sobre latidos, ya nadie me ama más que yo misma. 

No me costó decirte adiós en tu caja de cristal, pronunciar que te perdono porque también me perdoné a mí. Te lo reconocí, recordaré lo bueno que me ha llevado hasta donde estoy, ojalá sepa hacerlo también como madre. Tocar por última vez tu mejilla de mármol me pareció la mejor despedida. Ya hicimos las paces al estallar la explosión, en medio de tu humo confuso.
Siempre detonando al momento, a la impaciencia, a la alarma, a una continua zozobra y la vida te dio el tiempo necesario para eximirte, para absolver tus recuerdos dentro de mi cabeza, para salir inocente por aceptación de ternura transitoria.
Porque la caída de tus ocho mil en tres meses hasta el campo base fue en humildad y compasión, casi nada se le puede negar a un hombre que vivió, como mejor supo, no supo mejor, dedicado a los suyos, los de casa como tú decías. 

Más adelante te contaré más papá. Este año quedará en mi aparador la botella de Chivas, quizá un día brinde por ti y empiece una relación discreta con el alcohol. Quisiera que tus cenizas fueran a parar de alguna forma a tu admirado universo. Que desde allí encontraras la paz y velaras por los que quedamos más abajo, en una suerte de purgatorio que, de vez en cuando, por momentos, nos hace vivir un paraíso.

EL OTOÑO EN LOS TIEMPOS DEL COVID

El frío va llegando, ya dormimos una hora más pero no mejor, y el sol nos deja antes. En día del señor y sin intención beata, fui al hospital a ver al hombre que olvida más que recuerda quién soy. No podía haber paisaje mejor: tocando al mar y a un anfiteatro romano. Me detuve como los sabios a admirar las piedras de otro milenio acaso me hablaran, o por el contrario para adivinar qué verían desde sus torres.

Ahí, entre dos épocas, sí había armonía de otra dimensión.
De espaldas al mar, al otro lado de la carretera unos cuantos bloques modernos de hace cien años devolvían al instante y mi finita realidad. A continuación una iglesia y no sé si con causalidad y alevosía, pero, justo delante había varios contenedores de basura. Como si fuera fácil en la vida ordenar hechos, pretenden que sea sencillo clasificar los desechos.
Un hombre aparcó su carrito con bolsas y objetos variopintos delante de un contenedor verde. Se ayudaba de una percha transformada en lanza para pescar todo lo que sospechaba pudiera ser útil mientras sostenía la tapa del contenedor con otro sencillo invento. Pero lo hipnótico fue la dulzura al doblar la ropa que iba rescatando, el extraño esmero que usaba en cada gesto, en cada pliegue que ejecutaba. Asentaba sus hallazgos en el carrito con más cuidado que mis hijos guardan la colada en su armario. 

En el control de acceso al hospital, pisando mi señal roja, presencié una escena teatral en primera fila. El joven que la semana anterior enumeraba prohibiciones y normas, obligando a alcoholizarme sin copa alguna tras su mampara, miró a la usuaria de forma distinta. Completando el apunte de rigor, dijo que no hacía falta preguntarle su nombre y su teléfono por venir cada día, que su número era muy fácil de recordar. ‘Como el mío’, añadió además recitándolo. Ella encajó bien la invitación riendo con sus ojos por encima de la mascarilla.
Solo pensé que, a pesar de todas las veces que llevaban coincidiendo, justo en ese momento, en la línea marcada en el suelo, a metro y medio detrás de ella, fui testigo del lanzamiento de un guante, aunque de plástico, en estos tiempos enmascarados y sin héroes ni glamour, más vale, dicen, protegerse.

Tomé, como ahora es ley, mi café en la calle y dos hombres jóvenes, algo sucios, guardando la distancia de siniestralidad nos preguntaron con suma educación, desde sus bozales, si podríamos pagarles un café caliente y algo de comer porque tenían hambre y vivían al aire. No me pareció mejor motivo para pedir y estando mi cuenta desvaneciéndose a números negativos no lo dudé un momento. Sus caras de celebración ante los bocadillos y los vasos de papel fueron las gracias antes de recibirlas.

El amor en tiempos de cólera deja libros, el café en tiempos prohibitivos se toma al fresco y sin techos. Parece que el  virus, muy vivo él,  se aloja en las mesas de los bares y los restaurantes y nos tapa las bocas por narices en las plazas y parques. Pero el mal bicho se debe asustar con creyentes en cultos, o por lo visto ataca más vilmente a infieles en teatros a medias tintas y en cines sin apenas cuerpos. El muy gamberro sale de noche a instalarse como huésped, así que tenemos toque de queda y quedamos tocados de este cielo raro que nos obliga como corderos a creer en todopoderosos mortales.
Así andamos, pero poco, que también han clausurado el ejercicio. Contando céntimos, aferrándonos a las horas, no vaya a ser, como nos dicen los que dicen que saben, nos castiguen con el encierro; puede que sea el infierno treinta y cinco sin anillos ni círculos, pero, con permiso de Dante, en tiempos republicanos y federales, arrestos corona. Embarazosos días para acabar el año de la tercera guerra, deseando que nazca al fin la paz de abrazar y respirar.

Mientras tanto, el hombre que olvida más que recuerda quién soy, en su demencial carrera, con los ojos aún más diminutos, resiste callado, perdido, aunque no parece sufrir. Como un espejo, sonríe si le sonrío y derrama palabras encriptadas a las que sólo él encuentra sentido.
Cuando entro a casa y les veo, solo deseo no olvidar ese par de rostros… Y por desear, que tú sigas reconociéndome cada día, sorprenderte en líneas, afilar mi agudeza, porque sí tengo miedo de extraviar tus ojos en mi mapa.

TE QUIERO CUANDO NO ERES TÚ (I)

No has perdido la calidez de los ojos afilados, diminutos, casi como dos rayas en negrita decorando esa piel tosca, tú decías que curtida por el sol y trabajar en la calle. Ahora cuelgan del cuello las ristras que la gravedad le arrebata a la piel y te ha caído el vello del pecho, el que mostrabas orgulloso a la vista por no soportar los botones abrochados. El primero que caía en abrir la camisa en cualquier reunión familiar eras tú, sin collares, alianzas ni nada que te atara, siempre te ha parecido todo poco, nunca suficiente.
No te ha frenado que el mundo opine diferente, que las personas tengan su propio credo. La tuya era siempre la mejor, la única opción. Recuerdo la vez que en lengua española, en el colegio, escuché el significado de ‘tolerancia, tolerante’ y pensar que, justo, quería decir lo que tú no eras.

Pensaba que había sanado de ti y tus obsesiones, creí que había hecho mi trabajo en aquellas consultas sin diván pero acostando la consciencia. Constelando y apelando a los ancestros por que iluminaran mi camino y acallaran tu quejido, que calmaran tu brío. Y cada vez que voy a verte pienso que no podré, que los fantasmas del odio volverán a tocar mi espalda para no poder ser amable. Y no sé qué especie de magia se conjura para que pueda lidiar con lo vivido cuando te tengo delante de forma más o menos ecuánime, hasta cordial. 

Dicen que no es bueno contradecirte en tu limbo, pero tú sabes también que a pesar de tu olvido no permitiré que impongas tu fuerza como cuando fui una niña. Acabo tus frases porque no atinas con las palabras, las caras en tu cabeza son la pieza de un rompecabezas sin nombre. La niebla y la oscuridad empiezan a quedarse y el sol aparece en ratos contados: como viajar en un momento del Caribe a Londres sin moverse del sillón, ese que cada vez soporta más tiempo tus piernas torpes. 

Cuando empezó este viaje bendije el cielo por cambiarnos, en un estallido increíble, al ser en el que te convertías,  atento, colaborador, humilde, desvalido a menudo, agradecido como un niño perdido que necesita guía y apoyo. Sonreías a menudo como si el mundo te pareciera maravilloso y todos fuéramos la familia que deseabas pero poco apreciaste. 

Hablé más contigo en ese ingreso de ocho días que en toda mi vida. Hasta te expliqué que el gato que se te apareció no existía y que el paciente de al lado “no quería nada conmigo” porque estuviera en la habitación todo el tiempo reposando su herida. Al segundo día, ya instalado en planta, hubo que volver a acompañarte, tu promesa en urgencias de tener paciencia y esperar al día siguiente caducó en 14 horas, salió el que conocemos y entre dos celadores redujeron tu voluntad de escaparte.
Otro día pedí permiso a la enfermera, aseguré que te abrigaría del mes de febrero, que tendría todo el tiempo tu mano en la mía, convencí a las vigilantes de blanco que necesitabas caminar, rodar, recordar, ver, que volveríamos pronto. Bajamos una mañana al bar del hospital: probablemente tú no caíste, pero era la primera vez que a tus 81 años tomabas un café conmigo en público. No fue complicado complacerte, el café y el bocadillo te supieron divinos, como jamás le reconociste a mamá su cocina.

El resto de días fue un seguido de inconexas declaraciones, incertidumbres, paranoias (pero esta vez inocentes), y clases fundamentales de familia y funciones; en resumen un hombre que tenía el DNI y los genes de mi padre pero que había mutado a un anciano frágil y complaciente.
Desde entonces la medicación quizá haya aletargado el proceso inevitable, pero tu nervio continúa activo y hasta en un instante, de un solo gesto, eres capaz de olvidar quién es mi madre para pretender echarla de casa por convertirse en extraña. Y la enfermedad te devora o tú la engulles, vasculando, hasta dónde llegas tú y dónde empieza ella… indecente demencia.

Te quiero cuando te vas, cuando se queda el otro, el que me sonríe desde el alma, el que toma en cuenta mis palabras, el que me escucha, el que se conforma, el hombre que aprecia su familia, el que se deja cuidar, el que reconoce sus límites, el que respeta las formas. Te quiero cuando no eres tú.

TODO SOBRE MI ENCIERRO

Nos confinaron por no saber cómo gobernar el descontrol, mientras algunos desconfiamos. Y así estamos desde hace dos meses, la libertad se vuelve clausura y los lunes son domingo. Silencio, desiertos, quietud, personas encerradas, persianas echadas.

Tenemos miedo de la saliva invisible y las máscaras ocultan más temor que prudencia. Estamos perdiendo el tacto por los guantes de plástico y porque cuando se nos permite salir por lo vital, lo hacemos sin medida. No sabemos guardar las distancias y mientras calculamos las pulgadas perdemos centímetros de esperanza. La emergencia se ha vuelto poder respirar bien y parece que no hay más males que nos acechen, como si el demonio pulsara solo una tecla. Así, que, ante más prioridades ahora precarias, la rueda tentada a detenerse amenaza un caos global. 

Desde que tú no andas por casa y yo ando por casa por no poder pisar la calle, no ha llamado el CIS para preguntar mi opinión, he leído mil novecientas treinta y siete páginas agrupadas en cinco libros, he ordenado mis rizos por intención de bucles y he limpiado las ventanas hasta trece veces para que siga asomando el sol o la lluvia golpee en cristales vírgenes. Me he estirado y encogido como fiel discípula de un tal Pilates. He desecho figuras de origami para desbaratar cada pliegue, como si una cámara hacia atrás pudiera deshacer este entuerto. He congelado más alimentos que nunca por si acaso estallara una guerra, he convivido con mis canas más de lo acostumbrado por no teñir tiempo. 

Como en las fantasías apocalípticas del cine, también tenemos nuestros cometidos para con la sociedad. Nos instan a salir a los balcones para aplaudir a los ocho en punto a los auténticos militares, pero el mundo no sabe que siempre llego tarde. Ahora ya ni siquiera corro a corear las últimas palmadas aún arriesgándome a ser blanco de la comunidad delatora, estoy acostumbrada a ser señalada.
Sigo aún más agradecida a todos aquellos que arriesgan su salud para seguir insuflando esperanza y vida. Valoro todavía más si cabe el trabajo de los soldados en bata, con armadura de plástico, yelmo transparente y termómetro como espada. No hay nada peor que luchar con un enemigo invisible, mortal y gigante que va sumando legiones a medida que avanza.
No sabemos de eso, nosotros que tanto presumimos de todo lo que más se ve. No sabemos de rivales etéreos porque lo esencial, de lo que más carecemos, es invisible a los ojos. Probablemente el Principito podría darnos algún consejo ya que, el que fue rey y su prole siguen las instrucciones de lavarse las manos y llenárselas bien.

La otra política, la de sotana, casulla y solideo, como si nada más pudiera hacer, junta sus manos, también escrupulosamente lavadas y ora al altísimo con altísima sonoridad. Con la anestesia hemos topado.

Después de estas semanas entramos a otro túnel, trabajamos, por menos sueldo y tiempo, pero por lo menos.  Anuncian volver a la normalidad en diferentes fases, pero solo el humano volverá a ser normal. Nos han inoculado paralelamente otro venenoso virus: convertirnos en policías de nuestros iguales congéneres. Hemos adoptado una placa que nos autoriza a juzgar cuántos deben salir, a qué horas, cómo de cerca paseamos y cómo pasamos de enmascararnos. Debe haber una lista secreta que concede salida y paseo a unos cuantos, y los demás, desconociendo los nombres agraciados nos convertimos en delincuentes paseantes, en infractores saltándonos el programa de protección de ombligos. Cierto, algunos, pocos, actúan como si esto fuera pasado cuando está más presente que nunca. Pero son más cretinos y estúpidos los que creen que al denunciar en las temibles redes quedan por encima del resto y van a dar escarmiento.

Lo sabes, soy más de roce que de cariño, así que desde hace semanas te deseo orgánico, te quiero biológico sin tabla periódica que mezcle más espera y desespero.
Solo necesito combinar nuestros cuerpos gráficos en hexágonos completos y a medio hacer para representar el  alcaloide de nuestra fórmula, escapar a un pajar a buscar la aguja, tamizar abrazos para quedarme solo con lo que late en ti.
Mientras tanto estudiaré conversiones de Morse y aprenderé a besarte a rayas y punto.
Escribiré este mensaje con mina de carbón, lo encerraré en una botella y lo tiraré a un charco; acaso hubiera un agujero de gusano y nos llegara más adelante, vacunados, en la bañera, para leértelo estando confitados, cocidos uno frente al otro.

PRIMAVIRUS

Hace unos meses que temblamos por dos coronas, y no hay joya alguna en ellas. Desde el aire a las huellas ronda un monstruo invisible que pretende habitarnos y comerse nuestros bronquios. Y no hay posible canje ni vacuna, el engendro anda hambriento y no tiene adversario.

Y por otro reino, que el monarca vivía como un rey ya se sabía, también que no dudó jamás (privilegios de cor(i)(o)na) en privarse de hembra que se le cruzara ni caza que se terciara; ni siquiera vaciló en añadir sumas que restaran parte de su nobleza y le hicieran más pendejo que plebeyo. Más humano que divino.


Ya no quiero escuchar más números, más cifras inertes, no más contaminados de la lepra de este invierno. Aún cuesta creer que ahora todo es desierto, que las persianas se cierran, que siega la muerte por un mal bicho.
Rogamos a Santa Bárbara en plena tormenta, confinándonos de la algarabía aprendida a un encierro profano. Somos fulanas convertidas a monjas de clausura. Fugaces que creían ser eternos. Mortales venidos a menos.
Castigo debido, penitencia de presidio sin pecado concebido.
Y con el síndrome de Helsinki, les excusaremos probablemente diciendo que podría ser peor y no habrá revolución alguna. Así los capitanes, seguros que no ocurrirá motín, continuarán llevando el barco allí donde haya tesoro para ellos.

Pero así y con miedo te quiero igual, nada de este real bacilo adormecerá mi canto. Con precaución y te amo lo mismo, ningún ahogo callará mi pecho.
Sigue amaneciendo, girando y buscamos como condenados, desahuciados en este teatrero mundo, máscaras que nos hagan invencibles, guantes que nos den la inmortalidad. Nos alcoholizamos con barniz como protección acaso la bacteria se escurriera entre los pliegues de las manos, como una serpiente camuflada esperando a deslizarse en nuestras narices o en bobas bocas. 

No estamos listos para sufrir el amor en tiempos de gárgolas, en cóleras a destiempo. De noche todo es más grave y agudo: un ruido, una llamada, un terremoto. He empezado a contar cabras para dormir, para soñar que pueblo el recinto de tus labios. No me acostumbro al diezmo de mí, a contentarme con solo tus palabras, a cerrar los ojos para escucharte mejor, a pausar un retrato para aprender arrugas nuevas que dibuja tu piel al echarme de menos. No logro conformarme a tocar frías pantallas para mesar tu barba.

Crearé con saliva nuestra anticuerpos contra el virus, construiré andamios para reparar la fachada de mi cuero, intercambiaremos brillos de ojos por ósmosis inversa, evangelizaremos iones negativos al signo de la cruz. Cuando acabe este apocalipsis volveré a manosear tus pies contando pasos y, curados, bautizaremos nuestro encuentro como amor trashumante en busca de brotes verdes, padeceremos tartamudez de besos, por ser peor el remedio.

365 DÍAS A 180 GRADOS

Descubrí hace poco que he vivido como un pulpo, con tres corazones. Disparando sangre, oxigenando las células por si el miedo acuático traía depredadores, sed o tal vez alguien a quien amar. Tras varias fibrilaciones en el océano por rotura de una de las tres vísceras y reciclaje de la segunda en el contenedor orgánico, me recompuse, volví a atesorar aire y seguí bombeando.
Mis nueve cerebros quedaron reducidos al mínimo y concentrados también en uno:  por encima del pecho, para dominar sobre el ventrículo más ardiente.
Mis branquias tampoco resultaron demasiado rentables, así que, a menudo me encerraba en la superficie para esconderme de algún pez payaso, delfines y otros monstruos. A estas profundidades, los tiburones me resultan aburridos, nadan y cazan en el mismo sentido.
Y otras, otras veces, cargando bombonas de pena, me sumergía a simas indecentes en sollozos abisales. Los lloros, en la lluvia y el mar se desdibujan sin origen ni destino.

Entre vastos architeutis toqué fondo y aprendí que acabaría reventada como los grandes engullidores, por revelar un amor mayor que el que recibía: moriría de exceso. Así que me limité a estar, a mantenerme viva con poco hasta poder aprovechar una corriente y subir hasta mi sitio.

Y en una de esas emersiones, mientras revisaba que mi maquinaria no estuviera dañada por el salitre de lágrimas y  frotaba mi carrocería para volver a brillar, un día, otro incomprendido ser trataba de salir de su cueva para cambiar de estación sin saber que iba a mostrar al mundo la maravilla de sus colores, la pureza que le atravesaba. Nadamos hasta donde no cubriera y con el mar fluyendo, fuimos agua.
Como un niño pobre, me ofreció compartir su todo que resultó un completo universo y me quedé a vivir en él. Salí de mi cárcel con la llave que nunca encontré y desde entonces, en cualquier perspectiva y escenario, erguido o apaisado, nos damos aire y nos damos prisa. 

Como amantes libres, cumplimos una sentencia en firme sin pena alguna y hemos decidido pasar al tercer grado para dormir en casa. Así soñamos juntos y no tenemos que darnos explicaciones oníricas, ni siquiera técnicas, porque somos expertos y funcionamos sin instrucciones. Somos los bomberos de Farenheit 451, que en lugar de sofocar llamas, provocan lenguas de fuego. Somos extintores de hambre, hojarasca y piñas en cama de rama seca. Somos los incrédulos que penitentes arrastran las rodillas hasta la ingle del otro. Somos tierra y fuego como vasija de alfarero que cuece lento. Ovillo de nudos enlazados en maravillosa maraña cerebral. Somos lo que queríamos ser en nuestra película. 

Así he decidido quedarme en tierra, atada a su vello pecho tanteando sus ondas y mis rizos para escuchar su compás, agitarlo o amansarlo según su metrónomo precise. Haciendo imaginarias periféricas en su cintura para guardar el orden y desordenar lienzos.
Esta Navidad nos regalaremos teclas para formatear las tripas e instalar más mariposas, vaya a ser que echen el vuelo las que se posaron en su día. Pediremos más deseos a las Giacobínidas, juraremos no pasar hambre de labios por la tierra roja de Tara, nos extenderemos en el otro como hiedra insolente, nos empaparemos en malta de Talisker para proclamar la verdad del amor. Reconstruiremos Manderley, bailaremos en los cuadros más ásperos, troquelaremos abrazos en el cuerpo como matriz para no perderse y así perdernos.

 

ESCALAS DE RICHTER

Más réplicas, idénticas a las del pasado. Aún me sorprende haber podido sobrevivir a esos terremotos con pocas heridas a su dominio y opresión.  Como si hubiera crecido en un volcán en el que, además, iban detonando pequeños tornados poniendo a prueba mi integridad.
En sus explosiones por asuntos banales, donde solo él veía fallo, me acostumbré como superviviente a cambiar de tercio (y de medio) con risas, y aprendí distracción experta para salvar agravios. A tapar lo más lógico cuando a los ojos de él se volvía afrenta. A captar señales con increíble precisión por todo lo que a sus ojos era pecaminoso, perversión y falta. Hasta me costó separar su verdad universal del universo de verdad. Cuánta fuerza tuve que fabricar para correr con todos los gastos de abrir otro camino en secreto, pensar de otra manera, limpiar de culpa lo inmaculado y ver con mirada limpia, sin contaminación, las transparencias del mundo. 

Exigente y rígido, desde siempre nos llevó por el camino más arduo posible. Es curioso conservar en el recuerdo solo tres escenas, o apenas cuatro, en las que en un exceso de dulzura, me premió con sonrisas gratuitas, con atenciones naturales. Sin molestarse en gastar un mínimo de respeto, ni mostrarlo, trataba a su mujer como si una mesonera le sirviera continuamente. Le recordaba a diario sus obligaciones y no consentía ni un gesto de reproche. Firme control de horario, irritantes normas.  Evidentemente él y solo él tenía la primera y la última palabra, la única decisión, el voto exclusivo.  Su patología de celos se erigió por encima de todo. Además cultivó a conciencia una actitud que hacía arder el ambiente por incierto que fuera. Sus miradas envenenadas hacían estallar cualquier atmósfera, era un don sobrenatural. No hay nada más certero para dictar sobre los demás que creerse el poder como propio, que adueñarse del miedo para controlar la voluntad del resto, hacerles sentir pequeños. 

Ella, no he conocido persona que venere más a su madre, que la erija como santa durante toda su vida, que bese y bendiga cada palabra que aquella dejó dicha, que le sea más querida y ensalzada, que tuviera más devoción a su antecesora. Pienso ahora, si ella no optaba a ocupar un puesto igual cuando ostentara el título de madre. Sentirse profundamente honrada, recibir atención no dejó de ser su máxima gloria.
Ahora entiendo que no supo cómo resolver una vida que ni sospechaba, que se perdió intentando achicar agua en un bote condenado que recogía más pasajeros de los que podía soportar, incluida la fe. Así que, en el nombre de Dios, quiso protegerse de su marido pronunciándose en la creencia que él jamás creyó, y dándole al Altísimo más rango que a su propio dueño. Casi estoy convencida que empezarían aquí sus renglones como enferma imaginaria: el dolor es un gran aliado como excusa a un acercamiento carnal. Con el tiempo, el calvario por desengaño, atrapó al cuerpo que también empezó a quebrarse y descubrió, que, había quienes se apiadaban de su daño mientras ella hinchaba su pena. 

No tengo dudas de su querencia, ni siquiera de su dolencia, pero tanto tiempo intercambiando papeles, me hacen desear salir del escenario. Yo no escogí ese rol, o puede que no desde el principio, ¿cómo se puede escoger el personaje cuando no sabes ni leer tu guión? Y de pronto, de siempre, ahí estaba yo, dejando mis muñecas y protegiéndola de su marido, a veces santo y a veces diablo.
Hasta ella empezó a llamarme ‘mama’ como si  mi pequeño cuerpecito tuviera el abrigo y el amparo que tanto necesitó y volvió a reclamar adulta. Eso fue lo que hice, salvarla, cuidarla, custodiarla… no fuera a saludar a un vecino y él andara cerca. Atenderla y hacerle de refugio con crudas escenas más de tiempos de guerra que de familia corriente. 

Y un día aquel ser frágil , creció tenaz como mujer ante el ridículo intento de dos progenitores en detener lo inevitable. Ya no comulgaba con él en un papel de bufón para distraer un trastorno sin diagnosticar que se justificaba en temperamento. Así que mi venda se desató y vi, sin más entretelas, lo que éramos. 
También abandoné el papel de madrina y benefactora hacia ella, por querer llenarme el pecho de otros merecedores de mis abrazos. La pared que fui construyendo hasta mi cabeza ya no me permitía llorar con su pena hinchada, porque necesitaba extender mis ramas y mis raíces para crecer en un jardín inventado por mí. 

Después de años, de granadas lanzadas, minas pisadas, batallas alzadas y dramas por entregas, he reconocido la esterilidad para cambiar nada en ellos, solo queda la aceptación, reconocer que su modo fue el mejor porque fue el único que sabían… Aunque no nos enseñaran que lo mejor de la vida era solamente vivir.
A pesar de que en su existir, el sufrimiento y el martirio eran las máximas. El mundo es para ellos un gran campo de concentración en el que más vale no tomar ningún riesgo como salir a la calle si no era necesario, no conducir el coche si no es vital, desechar la idea loca de viajar a ninguna parte porque visto un sitio, vistos todos y  no disfrutar demasiado, vaya a ser que te descubras feliz.

Para ellos el triunfo como padres era llegar a adultos con buena salud, con abundante alimento en la nevera y con dinero ahorrado que pudiera pagarnos la cultura que les fue negada.
Sé que no podría ser de otra manera más conveniente para mí, no cabía otra opción, nadie les enseñó y en su mundo de necesidades primarias, resistir ya era una victoria. Fueron como pudieron, porque los pingüinos, a pesar de sus alas, no pueden volar. Porque en sus naufragios particulares, calcados y distintos, ninguno de los dos supo cómo nadar a tierra, solo mantenerse vivos y flotar en la tempestad. Aguantar los vaivenes continuos en la caprichosa marea, las maderas mojadas y podridas eran casa.

TEDY

Las rodillas le negaron los pasos, ya no había vida en sus extremidades. Intenté convencerlo vez tras otra para un paseo, pero sin articular palabra, ni más ruido, se rendía al suelo. La gravedad hizo su efecto, y lo castigaba una y otra vez, caía sin poder encontrar la fuerza para mantenerse erguido. Como si sus piernas fueran de gelatina, como si no fueran suyas. 

A pesar de la mirada suplicante, no había dolor en sus ojos, solo certeza de la hora negra. Me ayudaron a alzarlo, jamás se debería levantar a solas a un moribundo. Entre cuatro brazos, su dejadez fue extrema, su delgadez más obvia. Inmóvil, solo le funcionaban los ojos, como si fueran luces de un juguete estropeado. Acción automática, gestión obligada. El viaje fue rápido, pero seguía dejando rastros de su imparable final en forma de orina. Hasta la clínica subimos con él en abrazado al pecho, pero tenía la firme y oscura corazonada que no volvería a bajar las escaleras conmigo de vuelta.
Lo depositamos en la camilla con el cuidado de una pieza valiosísima a punto de romperse. Se derramó en el frío espacio esperando que le abrieran las puertas a un arco iris. Le abracé, deshecha, pero aparentando quietud, le prometí que no estaría solo, que no le dejaría, que seguiríamos juntos en la última cruzada. Le recordé lo valientes que fuimos al probar todas las alternativas, al enfrentarnos de cara a la enfermedad, lo fuerte que fue él como para soportar hasta lo que ninguno se atrevió a intentar. Tembló dos veces al acabar yo mi discurso, nunca le había visto tiritar, nos heló su respuesta.

Pero aún quedaba asegurarse, en estos casos no hay vuelta atrás. Así que, sin poder dejar de llorar, me agaché a su frente, le di unos besos de esquimal y le pregunté -¿Qué necesitas? No apartó la nariz de mí como siempre hacía, permaneció ahí. No retiró su cabeza de mi barbilla, soportó la tristeza mojada. Mi querido compañero me dejó agredirle aún con más lágrimas, quieto, afín.  -¿Qué necesitas? musité una segunda vez encima de su nariz. No hubo respuesta, solo su cabeza sujetando otra vez mi pena. La aguja de la vía fue más punzante que de costumbre, la más dolorosa pero sin necesidad de contenerle, nuestros lloros aún más letales que su inyección, el líquido blanco entró  buscando su latido y cuando lo encontró, no hubo más contienda, sin luchar, se dejó ir.

No cabía en nuestras mentes cómo podríamos entrar en casa sin volver a abrazarle, sin volver a recalcular nuestro camino diario contando con él.

Al llegar a casa y abrir la puerta, sabiendo que no estaría para recibirme, escuché las uñas contra el parqué como el baile de claqué de cada tarde. En ese momento experimenté el dolor del miembro fantasma, porque fue mío y vivió en mí.