TE QUIERO CUANDO NO ERES TÚ (I)

No has perdido la calidez de los ojos afilados, diminutos, casi como dos rayas en negrita decorando esa piel tosca, tú decías que curtida por el sol y trabajar en la calle. Ahora cuelgan del cuello las ristras que la gravedad le arrebata a la piel y te ha caído el vello del pecho, el que mostrabas orgulloso a la vista por no soportar los botones abrochados. El primero que caía en abrir la camisa en cualquier reunión familiar eras tú, sin collares, alianzas ni nada que te atara, siempre te ha parecido todo poco, nunca suficiente.
No te ha frenado que el mundo opine diferente, que las personas tengan su propio credo. La tuya era siempre la mejor, la única opción. Recuerdo la vez que en lengua española, en el colegio, escuché el significado de ‘tolerancia’ y pensar que, justo, quería decir lo que tú no eras.

Pensaba que había sanado de ti y tus obsesiones, creí que había hecho mi trabajo en aquellas consultas sin diván pero acostando la consciencia. Constelando y apelando a los ancestros por que iluminaran mi camino y acallaran tu quejido, que calmaran tu brío. Y cada vez que voy a verte pienso que no podré, que los fantasmas del odio volverán a tocar mi espalda para no poder ser amable. Y no sé qué especie de magia se conjura para que pueda lidiar con lo vivido cuando te tengo delante de forma más o menos ecuánime, hasta cordial. 

Dicen que no es bueno contradecirte en tu limbo, pero tú sabes también que a pesar de tu olvido no permitiré que impongas tu fuerza como cuando fui una niña. Acabo tus frases porque no atinas con las palabras, las caras en tu cabeza son la pieza de un rompecabezas sin nombre. La niebla y la oscuridad empiezan a quedarse y el sol aparece en ratos contados: como viajar en un momento del Caribe a Londres sin moverse del sillón, ese que cada vez soporta más tiempo tus piernas torpes. 

Cuando empezó este viaje bendije el cielo por cambiarnos, en un estallido increíble, al ser en el que te convertías,  atento, colaborador, humilde, desvalido a menudo, agradecido como un niño perdido que necesita guía y apoyo. Sonreías a menudo como si el mundo te pareciera maravilloso y todos fuéramos la familia que deseabas pero poco apreciaste. 

Hablé más contigo en ese ingreso de ocho días que en toda mi vida. Hasta te expliqué que el gato que se te apareció no existía y que el paciente de al lado “no quería nada conmigo” porque estuviera en la habitación todo el tiempo reposando su herida. Al segundo día, ya instalado en planta, hubo que volver a acompañarte, tu promesa en urgencias de tener paciencia y esperar al día siguiente caducó en 14 horas, salió el que conocemos y entre dos celadores redujeron tu voluntad de escaparte.
Otro día pedí permiso a la enfermera, aseguré que te abrigaría del mes de febrero, que tendría todo el tiempo tu mano en la mía, convencí a las vigilantes de blanco que necesitabas caminar, rodar, recordar, ver, que volveríamos pronto. Bajamos una mañana al bar del hospital: probablemente tú no caíste, pero era la primera vez que a tus 81 años tomabas un café conmigo en público. No fue complicado complacerte, el café y el bocadillo te supieron divinos, como jamás le reconociste a mamá su cocina.

El resto de días fue un seguido de inconexas declaraciones, incertidumbres, paranoias (pero esta vez inocentes), y clases fundamentales de familia y funciones; en resumen un hombre que tenía el DNI y los genes de mi padre pero que había mutado a un anciano frágil y complaciente.
Desde entonces la medicación quizá haya aletargado el proceso inevitable, pero tu nervio continúa activo y hasta en un instante, de un solo gesto, eres capaz de olvidar quién es mi madre para pretender echarla de casa por convertirse en extraña. Y la enfermedad te devora o tú la engulles, vasculando, hasta dónde llegas tú y dónde empieza ella… incedente demencia.

Te quiero cuando te vas, cuando se queda el otro, el que me sonríe desde el alma, el que toma en cuenta mis palabras, el que me escucha, el que se conforma, el hombre que aprecia su familia, el que se deja cuidar, el que reconoce sus límites, el que respeta las formas. Te quiero cuando no eres tú.

TODO SOBRE MI ENCIERRO

Nos confinaron por no saber cómo gobernar el descontrol, mientras algunos desconfiamos. Y así estamos desde hace dos meses, la libertad se vuelve clausura y los lunes son domingo. Silencio, desiertos, quietud, personas encerradas, persianas echadas.

Tenemos miedo de la saliva invisible y las máscaras ocultan más temor que prudencia. Estamos perdiendo el tacto por los guantes de plástico y porque cuando se nos permite salir por lo vital, lo hacemos sin medida. No sabemos guardar las distancias y mientras calculamos las pulgadas perdemos centímetros de esperanza. La emergencia se ha vuelto poder respirar bien y parece que no hay más males que nos acechen, como si el demonio pulsara solo una tecla. Así, que, ante más prioridades ahora precarias, la rueda tentada a detenerse amenaza un caos global. 

Desde que tú no andas por casa y yo ando por casa por no poder pisar la calle, no ha llamado el CIS para preguntar mi opinión, he leído mil novecientas treinta y siete páginas agrupadas en cinco libros, he ordenado mis rizos por intención de bucles y he limpiado las ventanas hasta trece veces para que siga asomando el sol o la lluvia golpee en cristales vírgenes. Me he estirado y encogido como fiel discípula de un tal Pilates. He desecho figuras de origami para desbaratar cada pliegue, como si una cámara hacia atrás pudiera deshacer este entuerto. He congelado más alimentos que nunca por si acaso estallara una guerra, he convivido con mis canas más de lo acostumbrado por no teñir tiempo. 

Como en las fantasías apocalípticas del cine, también tenemos nuestros cometidos para con la sociedad. Nos instan a salir a los balcones para aplaudir a los ocho en punto a los auténticos militares, pero el mundo no sabe que siempre llego tarde. Ahora ya ni siquiera corro a corear las últimas palmadas aún arriesgándome a ser blanco de la comunidad delatora, estoy acostumbrada a ser señalada.
Sigo aún más agradecida a todos aquellos que arriesgan su salud para seguir insuflando esperanza y vida. Valoro todavía más si cabe el trabajo de los soldados en bata, con armadura de plástico, yelmo transparente y termómetro como espada. No hay nada peor que luchar con un enemigo invisible, mortal y gigante que va sumando legiones a medida que avanza.
No sabemos de eso, nosotros que tanto presumimos de todo lo que más se ve. No sabemos de rivales etéreos porque lo esencial, de lo que más carecemos, es invisible a los ojos. Probablemente el Principito podría darnos algún consejo ya que, el que fue rey y su prole siguen las instrucciones de lavarse las manos y llenárselas bien.

La otra política, la de sotana, casulla y solideo, como si nada más pudiera hacer, junta sus manos, también escrupulosamente lavadas y ora al altísimo con altísima sonoridad. Con la anestesia hemos topado.

Después de estas semanas entramos a otro túnel, trabajamos, por menos sueldo y tiempo, pero por lo menos.  Anuncian volver a la normalidad en diferentes fases, pero solo el humano volverá a ser normal. Nos han inoculado paralelamente otro venenoso virus: convertirnos en policías de nuestros iguales congéneres. Hemos adoptado una placa que nos autoriza a juzgar cuántos deben salir, a qué horas, cómo de cerca paseamos y cómo pasamos de enmascararnos. Debe haber una lista secreta que concede salida y paseo a unos cuantos, y los demás, desconociendo los nombres agraciados nos convertimos en delincuentes paseantes, en infractores saltándonos el programa de protección de ombligos. Cierto, algunos, pocos, actúan como si esto fuera pasado cuando está más presente que nunca. Pero son más cretinos y estúpidos los que creen que al denunciar en las temibles redes quedan por encima del resto y van a dar escarmiento.

Lo sabes, soy más de roce que de cariño, así que desde hace semanas te deseo orgánico, te quiero biológico sin tabla periódica que mezcle más espera y desespero.
Solo necesito combinar nuestros cuerpos gráficos en hexágonos completos y a medio hacer para representar el  alcaloide de nuestra fórmula, escapar a un pajar a buscar la aguja, tamizar abrazos para quedarme solo con lo que late en ti.
Mientras tanto estudiaré conversiones de Morse y aprenderé a besarte a rayas y punto.
Escribiré este mensaje con mina de carbón, lo encerraré en una botella y lo tiraré a un charco; acaso hubiera un agujero de gusano y nos llegara más adelante, vacunados, en la bañera, para leértelo estando confitados, cocidos uno frente al otro.

PRIMAVIRUS

Hace unos meses que temblamos por dos coronas, y no hay joya alguna en ellas. Desde el aire a las huellas ronda un monstruo invisible que pretende habitarnos y comerse nuestros bronquios. Y no hay posible canje ni vacuna, el engendro anda hambriento y no tiene adversario.

Y por otro reino, que el monarca vivía como un rey ya se sabía, también que no dudó jamás (privilegios de cor(i)(o)na) en privarse de hembra que se le cruzara ni caza que se terciara; ni siquiera vaciló en añadir sumas que restaran parte de su nobleza y le hicieran más pendejo que plebeyo. Más humano que divino.


Ya no quiero escuchar más números, más cifras inertes, no más contaminados de la lepra de este invierno. Aún cuesta creer que ahora todo es desierto, que las persianas se cierran, que siega la muerte por un mal bicho.
Rogamos a Santa Bárbara en plena tormenta, confinándonos de la algarabía aprendida a un encierro profano. Somos fulanas convertidas a monjas de clausura. Fugaces que creían ser eternos. Mortales venidos a menos.
Castigo debido, penitencia de presidio sin pecado concebido.
Y con el síndrome de Helsinki, les excusaremos probablemente diciendo que podría ser peor y no habrá revolución alguna. Así los capitanes, seguros que no ocurrirá motín, continuarán llevando el barco allí donde haya tesoro para ellos.

Pero así y con miedo te quiero igual, nada de este real bacilo adormecerá mi canto. Con precaución y te amo lo mismo, ningún ahogo callará mi pecho.
Sigue amaneciendo, girando y buscamos como condenados, desahuciados en este teatrero mundo, máscaras que nos hagan invencibles, guantes que nos den la inmortalidad. Nos alcoholizamos con barniz como protección acaso la bacteria se escurriera entre los pliegues de las manos, como una serpiente camuflada esperando a deslizarse en nuestras narices o en bobas bocas. 

No estamos listos para sufrir el amor en tiempos de gárgolas, en cóleras a destiempo. De noche todo es más grave y agudo: un ruido, una llamada, un terremoto. He empezado a contar cabras para dormir, para soñar que pueblo el recinto de tus labios. No me acostumbro al diezmo de mí, a contentarme con solo tus palabras, a cerrar los ojos para escucharte mejor, a pausar un retrato para aprender arrugas nuevas que dibuja tu piel al echarme de menos. No logro conformarme a tocar frías pantallas para mesar tu barba.

Crearé con saliva nuestra anticuerpos contra el virus, construiré andamios para reparar la fachada de mi cuero, intercambiaremos brillos de ojos por ósmosis inversa, evangelizaremos iones negativos al signo de la cruz. Cuando acabe este apocalipsis volveré a manosear tus pies contando pasos y, curados, bautizaremos nuestro encuentro como amor trashumante en busca de brotes verdes, padeceremos tartamudez de besos, por ser peor el remedio.

365 DÍAS A 180 GRADOS

Descubrí hace poco que he vivido como un pulpo, con tres corazones. Disparando sangre, oxigenando las células por si el miedo acuático traía depredadores, sed o tal vez alguien a quien amar. Tras varias fibrilaciones en el océano por rotura de una de las tres vísceras y reciclaje de la segunda en el contenedor orgánico, me recompuse, volví a atesorar aire y seguí bombeando.
Mis nueve cerebros quedaron reducidos al mínimo y concentrados también en uno:  por encima del pecho, para dominar sobre el ventrículo más ardiente.
Mis branquias tampoco resultaron demasiado rentables, así que, a menudo me encerraba en la superficie para esconderme de algún pez payaso, delfines y otros monstruos. A estas profundidades, los tiburones me resultan aburridos, nadan y cazan en el mismo sentido.
Y otras, otras veces, cargando bombonas de pena, me sumergía a simas indecentes en sollozos abisales. Los lloros, en la lluvia y el mar se desdibujan sin origen ni destino.

Entre vastos architeutis toqué fondo y aprendí que acabaría reventada como los grandes engullidores, por revelar un amor mayor que el que recibía: moriría de exceso. Así que me limité a estar, a mantenerme viva con poco hasta poder aprovechar una corriente y subir hasta mi sitio.

Y en una de esas emersiones, mientras revisaba que mi maquinaria no estuviera dañada por el salitre de lágrimas y  frotaba mi carrocería para volver a brillar, un día, otro incomprendido ser trataba de salir de su cueva para cambiar de estación sin saber que iba a mostrar al mundo la maravilla de sus colores, la pureza que le atravesaba. Nadamos hasta donde no cubriera y con el mar fluyendo, fuimos agua.
Como un niño pobre, me ofreció compartir su todo que resultó un completo universo y me quedé a vivir en él. Salí de mi cárcel con la llave que nunca encontré y desde entonces, en cualquier perspectiva y escenario, erguido o apaisado, nos damos aire y nos damos prisa. 

Como amantes libres, cumplimos una sentencia en firme sin pena alguna y hemos decidido pasar al tercer grado para dormir en casa. Así soñamos juntos y no tenemos que darnos explicaciones oníricas, ni siquiera técnicas, porque somos expertos y funcionamos sin instrucciones. Somos los bomberos de Farenheit 451, que en lugar de sofocar llamas, provocan lenguas de fuego. Somos extintores de hambre, hojarasca y piñas en cama de rama seca. Somos los incrédulos que penitentes arrastran las rodillas hasta la ingle del otro. Somos tierra y fuego como vasija de alfarero que cuece lento. Ovillo de nudos enlazados en maravillosa maraña cerebral. Somos lo que queríamos ser en nuestra película. 

Así he decidido quedarme en tierra, atada a su vello pecho tanteando sus ondas y mis rizos para escuchar su compás, agitarlo o amansarlo según su metrónomo precise. Haciendo imaginarias periféricas en su cintura para guardar el orden y desordenar lienzos.
Esta Navidad nos regalaremos teclas para formatear las tripas e instalar más mariposas, vaya a ser que echen el vuelo las que se posaron en su día. Pediremos más deseos a las Giacobínidas, juraremos no pasar hambre de labios por la tierra roja de Tara, nos extenderemos en el otro como hiedra insolente, nos empaparemos en malta de Talisker para proclamar la verdad del amor. Reconstruiremos Manderley, bailaremos en los cuadros más ásperos, troquelaremos abrazos en el cuerpo como matriz para no perderse y así perdernos.

 

ESCALAS DE RICHTER

Más réplicas, idénticas a las del pasado. Aún me sorprende haber podido sobrevivir a esos terremotos con pocas heridas a su dominio y opresión.  Como si hubiera crecido en un volcán en el que, además, iban detonando pequeños tornados poniendo a prueba mi integridad.
En sus explosiones por asuntos banales, donde solo él veía fallo, me acostumbré como superviviente a cambiar de tercio (y de medio) con risas, y aprendí distracción experta para salvar agravios. A tapar lo más lógico cuando a los ojos de él se volvía afrenta. A captar señales con increíble precisión por todo lo que a sus ojos era pecaminoso, perversión y falta. Hasta me costó separar su verdad universal del universo de verdad. Cuánta fuerza tuve que fabricar para correr con todos los gastos de abrir otro camino en secreto, pensar de otra manera, limpiar de culpa lo inmaculado y ver con mirada limpia, sin contaminación, las transparencias del mundo. 

Exigente y rígido, desde siempre nos llevó por el camino más arduo posible. Es curioso conservar en el recuerdo solo tres escenas, o apenas cuatro, en las que en un exceso de dulzura, me premió con sonrisas gratuitas, con atenciones naturales. Sin molestarse en gastar un mínimo de respeto, ni mostrarlo, trataba a su mujer como si una mesonera le sirviera continuamente. Le recordaba a diario sus obligaciones y no consentía ni un gesto de reproche. Firme control de horario, irritantes normas.  Evidentemente él y solo él tenía la primera y la última palabra, la única decisión, el voto exclusivo.  Su patología de celos se erigió por encima de todo. Además cultivó a conciencia una actitud que hacía arder el ambiente por incierto que fuera. Sus miradas envenenadas hacían estallar cualquier atmósfera, era un don sobrenatural. No hay nada más certero para dictar sobre los demás que creerse el poder como propio, que adueñarse del miedo para controlar la voluntad del resto, hacerles sentir pequeños. 

Ella, no he conocido persona que venere más a su madre, que la erija como santa durante toda su vida, que bese y bendiga cada palabra que aquella dejó dicha, que le sea más querida y ensalzada, que tuviera más devoción a su antecesora. Pienso ahora, si ella no optaba a ocupar un puesto igual cuando ostentara el título de madre. Sentirse profundamente honrada, recibir atención no dejó de ser su máxima gloria.
Ahora entiendo que no supo cómo resolver una vida que ni sospechaba, que se perdió intentando achicar agua en un bote condenado que recogía más pasajeros de los que podía soportar, incluida la fe. Así que, en el nombre de Dios, quiso protegerse de su marido pronunciándose en la creencia que él jamás creyó, y dándole al Altísimo más rango que a su propio dueño. Casi estoy convencida que empezarían aquí sus renglones como enferma imaginaria: el dolor es un gran aliado como excusa a un acercamiento carnal. Con el tiempo, el calvario por desengaño, atrapó al cuerpo que también empezó a quebrarse y descubrió, que, había quienes se apiadaban de su daño mientras ella hinchaba su pena. 

No tengo dudas de su querencia, ni siquiera de su dolencia, pero tanto tiempo intercambiando papeles, me hacen desear salir del escenario. Yo no escogí ese rol, o puede que no desde el principio, ¿cómo se puede escoger el personaje cuando no sabes ni leer tu guión? Y de pronto, de siempre, ahí estaba yo, dejando mis muñecas y protegiéndola de su marido, a veces santo y a veces diablo.
Hasta ella empezó a llamarme ‘mama’ como si  mi pequeño cuerpecito tuviera el abrigo y el amparo que tanto necesitó y volvió a reclamar adulta. Eso fue lo que hice, salvarla, cuidarla, custodiarla… no fuera a saludar a un vecino y él andara cerca. Atenderla y hacerle de refugio con crudas escenas más de tiempos de guerra que de familia corriente. 

Y un día aquel ser frágil , creció tenaz como mujer ante el ridículo intento de dos progenitores en detener lo inevitable. Ya no comulgaba con él en un papel de bufón para distraer un trastorno sin diagnosticar que se justificaba en temperamento. Así que mi venda se desató y vi, sin más entretelas, lo que éramos. 
También abandoné el papel de madrina y benefactora hacia ella, por querer llenarme el pecho de otros merecedores de mis abrazos. La pared que fui construyendo hasta mi cabeza ya no me permitía llorar con su pena hinchada, porque necesitaba extender mis ramas y mis raíces para crecer en un jardín inventado por mí. 

Después de años, de granadas lanzadas, minas pisadas, batallas alzadas y dramas por entregas, he reconocido la esterilidad para cambiar nada en ellos, solo queda la aceptación, reconocer que su modo fue el mejor porque fue el único que sabían… Aunque no nos enseñaran que lo mejor de la vida era solamente vivir.
A pesar de que en su existir, el sufrimiento y el martirio eran las máximas. El mundo es para ellos un gran campo de concentración en el que más vale no tomar ningún riesgo como salir a la calle si no era necesario, no conducir el coche si no es vital, desechar la idea loca de viajar a ninguna parte porque visto un sitio, vistos todos y  no disfrutar demasiado, vaya a ser que te descubras feliz.

Para ellos el triunfo como padres era llegar a adultos con buena salud, con abundante alimento en la nevera y con dinero ahorrado que pudiera pagarnos la cultura que les fue negada.
Sé que no podría ser de otra manera más conveniente para mí, no cabía otra opción, nadie les enseñó y en su mundo de necesidades primarias, resistir ya era una victoria. Fueron como pudieron, porque los pingüinos, a pesar de sus alas, no pueden volar. Porque en sus naufragios particulares, calcados y distintos, ninguno de los dos supo cómo nadar a tierra, solo mantenerse vivos y flotar en la tempestad. Aguantar los vaivenes continuos en la caprichosa marea, las maderas mojadas y podridas eran casa.

TEDY

Las rodillas le negaron los pasos, ya no había vida en sus extremidades. Intenté convencerlo vez tras otra para un paseo, pero sin articular palabra, ni más ruido, se rendía al suelo. La gravedad hizo su efecto, y lo castigaba una y otra vez, caía sin poder encontrar la fuerza para mantenerse erguido. Como si sus piernas fueran de gelatina, como si no fueran suyas. 

A pesar de la mirada suplicante, no había dolor en sus ojos, solo certeza de la hora negra. Me ayudaron a alzarlo, jamás se debería levantar a solas a un moribundo. Entre cuatro brazos, su dejadez fue extrema, su delgadez más obvia. Inmóvil, solo le funcionaban los ojos, como si fueran luces de un juguete estropeado. Acción automática, gestión obligada. El viaje fue rápido, pero seguía dejando rastros de su imparable final en forma de orina. Hasta la clínica subimos con él en abrazado al pecho, pero tenía la firme y oscura corazonada que no volvería a bajar las escaleras conmigo de vuelta.
Lo depositamos en la camilla con el cuidado de una pieza valiosísima a punto de romperse. Se derramó en el frío espacio esperando que le abrieran las puertas a un arco iris. Le abracé, deshecha, pero aparentando quietud, le prometí que no estaría solo, que no le dejaría, que seguiríamos juntos en la última cruzada. Le recordé lo valientes que fuimos al probar todas las alternativas, al enfrentarnos de cara a la enfermedad, lo fuerte que fue él como para soportar hasta lo que ninguno se atrevió a intentar. Tembló dos veces al acabar yo mi discurso, nunca le había visto tiritar, nos heló su respuesta.

Pero aún quedaba asegurarse, en estos casos no hay vuelta atrás. Así que, sin poder dejar de llorar, me agaché a su frente, le di unos besos de esquimal y le pregunté -¿Qué necesitas? No apartó la nariz de mí como siempre hacía, permaneció ahí. No retiró su cabeza de mi barbilla, soportó la tristeza mojada. Mi querido compañero me dejó agredirle aún con más lágrimas, quieto, afín.  -¿Qué necesitas? musité una segunda vez encima de su nariz. No hubo respuesta, solo su cabeza sujetando otra vez mi pena. La aguja de la vía fue más punzante que de costumbre, la más dolorosa pero sin necesidad de contenerle, nuestros lloros aún más letales que su inyección, el líquido blanco entró  buscando su latido y cuando lo encontró, no hubo más contienda, sin luchar, se dejó ir.

No cabía en nuestras mentes cómo podríamos entrar en casa sin volver a abrazarle, sin volver a recalcular nuestro camino diario contando con él.

Al llegar a casa y abrir la puerta, sabiendo que no estaría para recibirme, escuché las uñas contra el parqué como el baile de claqué de cada tarde. En ese momento experimenté el dolor del miembro fantasma, porque fue mío y vivió en mí.

NO ACEPTO LOS TÉRMINOS

Demasiado daño y tormento. Demasiado largo, demasiado corto. Duele vislumbrar el fin, imaginar las últimas respiraciones, los sueños borrosos que estará viviendo sin vivir, porque ahora sueña con el latido rasgado y los ojos nublados.
En su niebla sigue buscando la manera de despertar, salir del laberinto confuso que lo llevó al peor infierno. Oye voces lejanas, deformadas, pero conoce esos timbres: el salvoconducto para volver a la realidad, le dicen que le esperan, que va a salir, pero ellos no tienen ni idea de cómo es su abismo, de la negrura que se aspira. 

Casi no hay aire y la garganta, rígida, escuece, como si desde la boca un palo le habitara hasta el pecho. Está muy cansado, terriblemente agotado, en su etéreo periplo le cuesta caminar y se detiene a descansar a cada momento. -Si al menos tuviera tiempo de recuperar el resuello, de beber agua para poder continuar- piensa. Como el que no siente el cuerpo, nota que le llevan,  que le empujan hacia túneles, empieza a tener dudas de si está andando o levitando, como si una energía desconocida le moviera.

Y en medio de sus tinieblas, acuden como en un portal luminoso los recuerdos más felices, podría alargar la mano y tocar a su mujer y su hijo, pero apenas es consciente de dónde está su mano. Solo siente clavos y lanzas hundidas en su piel, aunque no los ve ni  son las estocadas que más duelen. Fueron dichosos los tres, comidas, reuniones, celebrar la vida a diario; cuántos aviones, cuántas ciudades visitadas, cuántos caprichos satisfechos, y a pesar de su carácter, cuánto amor respiró de ellos.
Posiblemente por compensar una infancia indecente, un abandono a destiempo, por eso él quiso convertirse en más, más inteligente, más trabajador, más tenaz, más agudo, y hasta su ingenio se rebelaba a veces en estallidos con quien menos lo merecía y más le quería. Una lágrima se derrama de la ventana cerrada de su ojo hacia la sien. Ahora siente que haría algunas cosas diferentes, pero con la misma intensidad con la que se odia y se ama, no sabe hacerlo de otra manera.
Todo su querer quizá no fue en palabras y abrazos, fueron hechos, solo su alma escarpada competía con su derroche.

Un corazón decaído late apresurado por no encontrar la salida, algunas paredes de gelatina vuelven a sangrar, hay heridas que no se pueden coser, porque, incomprensiblemente, no hay hilo que junte esa carne. Cambia la canción y todo se torna dulce dentro de ese cruel averno. Hasta en la propia oscuridad hay paz, silencio, lo contrario al dolor, pero sigue siendo impreciso, las voces se entumecen, llantos que se entrecortan, pierde la sensación de estar.
Nota restos de abrazos en torno a él, besos que jamás se le dieron, se le conceden ahora desde las tripas. Se disipan las caricias, en una bruma, cada vez menos piel en contacto. Pero no son ellos los que se van y sí son ellos los que vestirán siempre su memoria. Poco a poco va rindiéndose a su calma, exhala y descansa en una quietud tan inevitable como indebida.

NO ES LO QUE PADECE

Termina mi período de carencia química, el sopor en la pena. Empieza la cuenta atrás al teatro real, la tortura de los azotes, de una sexta plaga en el pecho. Ahora empezará a doler, aunque no haya un por qué. En adelante será bucear a pulmón, equilibrismo sin pértiga, cables pelados en manos mojadas, doble mortal sin red. El letargo acaba, empieza a girar el tiovivo sin dosis de biodramina.
Tengo miedo de mí, de ser un yo detestable y débil, de no saber ser valiente, de no poder ser sólida. De perder la serenidad, de ganar derrotas, de olvidar sonreír, de recordar la amargura. De desear estar al otro lado de la pastilla para continuar, de requerir una fórmula para fijar mis índices. De parecer una extraña a la que he sido estos últimos meses, de no reconocerme en el pellejo, desconocida en el espejo.
Me horroriza que no le guste mi tristeza, que no soporte mi encierro, que no entienda mis miedos y se pierda en mi fuga de mí. Que se ausente en mi cuerpo presente, que mis rejas no abran a tiempo a sus llaves, que no alcance a desbrozar mi cabeza de arbustos a quemar.
Me preocupa herirle con espinas afiladas a punta de chillidos sordos, de atacar con lenguaje bífido, de infringir un acuerdo sin papeles.
Me atormenta defraudar su arrojo, consumir su temple, encender su calma. Matar mi luz y mutar a una mujer distinta de la que se enamoró.

Cómo desearía ser la mitad de estable que la línea que marca la medicina mágica, llevar ese escudo que me hace invisible a ojos extraños, que concede el impermeable a lágrimas torrenciales, como una anestesia del desconsuelo. Solución en píldoras para el abrazo sintético y sin latido: protegida del pesar, para no pesar, para flotar agarrada al neumático. 

Así que, en mi síndrome de continencia, rezo con un mantra concebido en el infierno, invento afectos secundarios para abrazar mis titubeos, para lograr que se sientan queridos. Para convertir mi equilibrio oscilante en intrépido mástil. Quizá navegue más lúcida y encuentre una isla para aprender a vivir como náufraga de mi propia tormenta.

DOMINUS DOMINANTE

Con periodicidad trimestral, uno que fue atentado de algo parecido a un idilio, se presenta en mis redes llamando mi atención como si su desplante por mensaje nunca hubiera tenido lugar. Fue el noble señor como aquellos artefactos que explotan en días, después de planear unas vacaciones revueltos para saber de qué lado duermes.

Así que, por buscarme, por hurgar mi astucia, afilando ironía sin tirar la piedra y encontrando las palabras punzantes contrarias a su deseo, le acostumbro a despedir con un puré de calabazas a su invitación de vernos.

Por su parte, el caballero, alaba mi diatriba pero no acata con deportividad (ni siquiera humor) mis negativas y siempre me obsequia con una serie de pataletas más propias de un jardín de infancia que de un profesor, como es, de pre adolescentes.

Una vez, desesperado de amor por la espantada de otra y apelando a mi generosidad, consentí en firme en volver a vernos tras su cobarde descaro conmigo, pero, casualmente él no estaría muy sobrio y entre alcohol disculpó su retirada una hora antes del partido.

Aún más adelante, de entre su innumerable porfía, lanzó una frase más propia de último aviso, como el que desahucia una amistad, para borrarme de su lista virtual, otra vez, herido por mis repetidas ausencias a sus eventos. Me anunció que no tenía sentido seguir hablándome, de albergar la posibilidad de encontrarnos si yo no concedía espacio, pero parece que su insistencia permaneció intacta.

Otras muchas ocasiones, me pregunta si sigo pensando en él, si le recuerdo… Cuando le recuerdo que quizá es suficiente con su amada como mujer que se acuerde, me dice que no tiene nada que ver, y, ladrón flagrante, me dice que no está haciendo nada malo. Le preocupa mi felicidad y me pregunta casi siempre si ese estado zen ocupa mi ser. Yo le digo que estoy muy bien, agradezco su interés y le digo honestamente que no le recuerdo, que solo me acuerdo de algunas costumbres suyas.

Este último abordaje fue más breve que los anteriores, y en su tercer turno, me escribió que quería verme para ayudarle a empezar a escribir algo, a darle ideas. Mi respuesta en tono de comedia (pero solemne razón) de disponer de poco tiempo para mi propia escritura, volvió a cerrar su embiste, pero reiteró por mí que continuaba sin desear verle y aseguró entenderlo. Supongo que un intento de tranquilizarme, apuntó que no quería verme para nada malo, solo hablar y abrirle puertas. Mi elegante indiferencia emplazándole a hablar con sus mejores amigos y buscar retos en otras mentes más inteligentes acabó por hacer clamar a Dios a un ateo confeso y (por undécima vez calculo) calificarme de rencorosa, “rencorosa es poco” dijo en su última despedida.

Al menos me sonó mejor que una frase con la que saldó el recuerdo incómodo de su huida, al sentirse culpable y manifestar que me debía algo pero intentar salir ileso del espeso jardín en el que se metió: “mejor cortar que asesinar”… Estoy segura que no se refería a mí como la víctima de tal magnicidio simbólico, pero me pregunto si es necesario ser tan incisivo.

Colecciono, humana yo, incontables defectos como la testarudez, el conformismo en mis reformas domésticas, mi sentido ofuscado de la justicia, el don del ostracismo más inconsciente cuando necesitaría atención, una impuntualidad irremediable, intensidad en las nubes junto a las más negras llamas en el infierno, y, aunque escrupulosa memoria, más rápida absolución. Jamás el rencor ha salido a relucir en mis intenciones, porque la venganza es más para el cine y el karma lo delego a quien corresponda por lo de la inmensa administración. No soy mujer de bloqueos, borrados o barridos, solo aspiro a dejar respirar.

Me sorprende sobremanera esta obstinación masculina en quedar por encima como aceite, en un intento disfrazado de concordia pero hueco de dignidad propia y ajena. 

Personalmente, en prensa o comunicaciones encontraba excesivas algunas acciones tildadas como ‘micromachismos’, hasta yo misma he bromeado con otros hombres sobre ello. A veces no miramos lo que vemos.

Curiosamente, tras estos embates, engendro la sensación de no ser respetada en mi postura. Al ser requerida, invitada, si no correspondo como esperan, soy tachada de resentida o retorcida. Mi seguridad, mi actitud libre ¿tiene que ser directamente proporcional al rebaje de su ego como hombre, gónadas tocadas y hundidas, y por lo tanto a su fiasco vertido en mí? 

Pienso que hay más maneras de derramar su frustración, y en concreto una, puede que empiece, y acabe, justo entre sus piernas.

DESCUBIERTO Y CRÉDITOS

Cinco estaciones de distancia y nunca me igualará aunque ya me atrapó en cien cosas. Sin predicciones de ciclón o tormenta; pero tampoco sirve el parte del tiempo: no hay intervalos en realidad, solo relojes derramados en ficción. Derretimos y congelamos las agujas a capricho, cuando oscilan caricias en horas tardías de un sofá, cuando aplauden las hojas de los árboles en vientos muertos.

El nueve de septiembre de dos mil diecinueve, a las nueve y tres minutos se espera que un asteroide impacte contra algún punto en La Tierra. Pienso si no es casualidad tanta precisión quirófana espacial, como cuando nos encontramos en el mismo punto de la retina y leemos el pensamiento del otro. No será coincidencia haber concurrido en el mismo espacio de este universo, haber ocurrido los dos.

Vimos la tercera gran luna este marzo que es también luna de gusano, cuando se empieza a ablandar el suelo y las lombrices vuelven a frecuentar la superficie, el deshielo de un invierno que enfrió dos vidas bombea con afán. Construyendo en cada misión con voluntad benemérita, vivimos el proceso Lamarquiano de evolucionar a superior por tanteos espontáneos, unidos por un eslabón perdido que se encontró en nuestras manos.

Dos armas de instrucción masiva retándose con admiración para combustionar mejor, quemar estigmas. Para fuego, ya consumamos con gasolina cerebral, fascinación por sinapsis alterna. Estampamos los besos vetados del Cinema Paradiso, vaya a ser que prenda el negativo y se pierdan los labios sin guión. Cortamos minuciosos a diario dudas  y cosemos los ángulos exentos de curva para no salir por la tangente, no sea que quedara el reparo más adentro de los senos. Como el apuntador de una concha, en obras improvisadas, susurramos la respuesta en silencios cómodos.

Encenderemos la luna cuando haya sombras en el gesto, prometeremos por el rito de los cocos no dejar de hacernos reír, tendremos un hierro candente a mano para cauterizar las heridas infringidas: alquilaremos un dragón para que lo encienda. Contrataremos un topógrafo para colocar las baldosas amarillas y caminar juntos hasta la ciudad más verde, seguiremos lacerando con agudas lenguas y bisturís romos.
Gritaremos fuego en teatros, nos alimentaremos con abrazos como cebo vivo, nos haremos traer atrapasueños por nuestros propios miedos, estiraremos la cornucopia de un espejo para convertirlo en biselado, nos inscribiremos en un programa de protección de postigos para escondernos del mundo, mataremos fantasmas perpetrando atentados contra desvelos.

Daremos la vuelta a todo el refranero buscando la lógica del absurdo entre pecho y espada con un ombligo en el que pernoctar. Con alas propias y sin aviones inventaremos más escenas con terminal feliz.