MÁS DE CINCUENTA SOMBRAS

Me duelen sus silencios, su frialdad, así que, sin respuestas por su parte, yo misma me encargo de curar mis heridas con alcohol y lejía. Empapo mis llagas con aquello que más escozor produce para ser yo la que incurra en la falta.

Será que lo insoportable duele menos cuando viene de uno. Quizá hiere menos un suicidio que una traición y me dedico a salpimentar las lesiones sangrantes aún reconociendo que no ha habido negativa ni deserción por su parte. Tan solo reserva.

Siento como si tuviera que prepararme continuamente para lo peor, como si, en el momento que todo fuera rodado hacia la felicidad, en ese momento álgido y en memoria de otras veces anteriores, de pronto tuviera que hacer simulacros de sufrimiento para lo que venga después. Como si hubiera una secuencia, lógica y matemática, una renuncia tras mi momento afortunado.

Me planteo si solo estoy acostumbrada a sufrir. Porque cada vez que llega eso bueno y tropieza en algo, dentro de mí empieza la obstrucción pronosticando un abandono, qué más da de qué parte, creyendo así que dolerá menos cuando, por ejemplo, él me deje o yo desista, cuando, por ejemplo, no aguante su uso sobre mí y me aparte de escena cerrando yo misma la puerta.

Quizá es por tener yo interiorizada esa fantasía, ese dolor terrible. Y si en un segundo de calma, intento pensar con claridad, hallar la salida, no encuentro la llave para cerrar esa maldita cancela que me obliga sin remedio a esperar, a prever, quizá, quién sabe, si a atraer ese momento horrible que me romperá, otra vez.

Apuesto continuamente con hechos sin importancia a todo o nada. … si el próximo que baja la escalera es hombre, me querrá; si el que entre por la puerta es mujer, no me dejará.

Y así voy rellenando las quinielas más inútiles que solo me hacen perder el poco aguante que me sostiene en su indiferente mutismo. Como una ludópata en una ruleta trucada en la que nunca gana mi siete rojo.

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NEW NEWS NO GOODS

En el parlamento de Madrid persiguen a criminales que no existen en Catalunya por la prohibición y condena del castellano en calles y colegios. En las elecciones de Andalucía no se habla de los ciudadanos implicados, sino de Catalunya y de cómo reducir y esposar a una región que, atacada, opta y sondea un divorcio. En la asamblea de Extremadura se impele a votar la aplicación de correas más cortantes en Catalunya, resumidas en 155 hebillas de presión. No se intenta querer al que se quiere ir, se le apedrea por quejarse de las pedradas.
Las cortinas de humo en 2019 son del tamaño y textura de las del Teatre Liceu por lo menos, por poner algo de tierra nuestra por medio.
Hoy en día las manadas han cambiado de significado y ya no protegen a los débiles; los fuertes, en grupo, denigran y someten a las que podrían ser sus hermanas, primas o compañeras queridas. Hasta resulta casi gratis arrebatar y arruinar vidas, por más tiernas que sean. Pero eso sí, sin mucho espacio a la defensa, se recurre a la cárcel con quien pretende marcar el territorio de otro macho, torpeza obliga, pero siempre ley en mano.
Emigrar, sobrevivir y buscar una vida mejor parece que ya no se lleva y nos lleva por la calle de la a(mar)gura. El mar no deja de tragar lágrimas y acoger cuerpos sin patria.
En Venezuela, su dirigente declara “haber viajado al futuro y haber vuelto. Que todo saldrá bien en el país”. Además de otro señor en el mismo país que se declara presidente de sus compatriotas por sí mismo. Mientras, en un país gigante que no dejan de engrandecer, hacen ‘el indio’ como lo fueron hace más de 200 años sus primeros habitantes, pero con intereses do(lares)bles.
Casi que vamos a pedirle al líder caribeño que vuelva a subir en el Delorian para ver cómo termina el culebrón en España, porque hay cuatro barras que les va de maravilla para emborrachar al que (ve)bebe lo primero que le enseñan.
… Aunque estando el vehículo del tiempo aparcado en los estados más unidos, no sé cómo rebasará los muros que la marioneta loca del flequillo levanta contra el mundo, porque cree que el ombligo, en cursiva, mayúscula y negrita (sin negritos) del universo, se compone de cuarenta y ocho estrellas.
Y hasta aquí la “fatualidad”.

CUÁNTO CRECIENTE

Hace solo unos días han descubierto la parte más desconocida de la luna y ya nunca más tendrá una cara oculta. He comprobado qué es interés crudo desde un hombre y ya nunca más volveré a decir que no existe.
Almuerzo abrazos en su pecho y nos comemos perversos. Es extrañamente familiar, el leer en las líneas de sus ojos que palpita lo mismo que cimbrea mi sien. LLegamos al principio a una conclusión: que nos conocemos de otras vidas y sin final ni fin, queremos seguir viajando en el tiempo, conduciéndonos por la misma carretera, sin más desenlace que recorrer camino.
Como naúfragos de este terremoto que es la vida, damnificados en asuntos coronarios, somos supervivientes de otros personajes. A veces, nos dejamos llevar por las ilusiones de un melodrama fantástico basado en hechos reales y otras, nos rendimos a Elvis casándonos en Las Vegas como un peaje.
Un pasado que no nos quiso unir para seguir aprendiendo el método por separado y ensamblarnos más tarde en un hambre parecida.

Después de visitar al forense como médico de cabecera, de suicidarme varias veces al día, estoy más viva que hace años. He sido capaz de convertirme a sus besos en mi apostasía, de ser admiradora de sus huesos en mi hambre.

Cauterizó mis llagas con un par de libros y el dibujo de nuestra primera acampada. Hubo presentación en suciedad de sus mejores películas, por acabar en el suelo como carne derramada. Fabricamos cantidades industriales de saliva para poder pasar las hojas de todos nuestros libros.

A la fuerza, por gravedad y por corrientes de convicción, en piel, somos placas tectónicas que chocan, se contraponen, se frotan, cambian de posición a arriba y abajo en cada asalto, en cada temblor. En las sacudidas me quedo a dormir en su ombligo por si acaso esa esfera fuera el espacio imperfecto que tanto busqué. Mientras, él une mis lunares pespunteando los números para obtener la figura que tanto desea.

Fabricamos submarinos con telas de sábanas y nos alojamos en el otro como estancia de lujo. Despejamos la equis de todos nuestros empates en una quiniela continua, apostando a ganar por igual.

Me pregunto si será él incendio para mí. En el pasado creí que algunos prendieron, pero ahora entiendo que fueron provocados, ardió pronto y quemó rápido, arrasó como papel que se reduce a la nada. En llamas, quiero encender y perforar su madera, crepitar su resina y abrasarnos.

A diario, continúa tras la manta de su cámara frente a mí, por si pudiera robarme también el alma. En horizontal y tras una pequeña muerte, resucito para relatar mi propia autopsia, para legar que es él lo que quiero que me pase próximamente y después. Sin notario, normas ni mandamientos.

CONCATENA2

Enhébrame, penetra mis fibras, atraviesa mi tela en dulces embates.  No tengas cuidado de hacerme daño, entraste de madrugada en mi cabeza, ya estás dentro de mí, con detalle, en el fondo.
Calibra mi pecho como el primer día, con tu mano plana y contabiliza mi pulso como metrónomo sofisticado, no te asustes, casi todo en mi interior es ecuación en cifras y letras. Luchemos en horizontal, de forma bárbara, como vikingos, midamos las fuerzas hasta que nos fallen.

Quiero que cuadres en mi agenda, que quepas en mi plano general de aire, dominarte en cenital quiero, arrancar contrapicados suspiros. Dejarme acometer por tu deseo como registro nadir, que invadas mis pliegues desde mi espalda, en cámara dorsal. Siempre con el mismo objetivo: aparecer en tu lente.
Fundámonos a negro, terminemos escenas juntos, porque abandonarme a tus pupilas es mi círculo vicioso.  Fotografiemos los mejores gemidos. Montemos sobreimpresiones con nata en un pentagrama de lionesas.

Creemos una puerta para nuestro bazar porque así estalló: nos puede nuestra tienda y nuestro cielo. Fabriquemos máquinas expendedoras de corazones. Cuenta conmigo las cuentas de un rosario incrédulo, contemos más que Calleja, nada de cuentos chinos. Cúbreme, déjate envolver y que mis brazos sean tu abrigo, vístete de mi piel, quédate con mi cuero. Quiero viajar contigo y en ti.
Déjame oscilar entre tus piernas, atarme a tus pestañas, explorar tus huesos, aprender tu signo. Permíteme espiar tu método, copiar tu técnica, imitar tu empeño. Autorízame a imprimir con saliva como tinta indeleble en tu boca, te firmaré un salvoconducto para disponer de nuestros labios abiertos a tiempo completo. Déjate sentir, documentarnos para describir la morfología del abrazo, la anatomía de un beso.

Subamos al Delorian una vez más, explotemos el tiempo con las agujas de relojes atrasados. Detengamos el espacio inventando una teoría, patentemos una hipótesis soberbia, especulemos sobre miradas hambrientas. Rebasemos los siete segundos de reconocerse, los siete minutos de resurrección en trescientos sesenta grados.

Descubramos un concepto matemático basado ciega y científicamente en magia, la química sólo detona pero no traspasa el alma. Encontremos la fórmula para rellenar el condensador, no dejemos de flucear. Buceemos en busca de causalidades que coincidan en nosotros, de remotas casualidades que nos recuerden que ya nos tanteamos en otras vidas. Asistamos al sincrodestino de un metraje que empezamos a protagonizar.

Compremos, tuya, mío, permanezcamos nuestros. Latidos corrientes que harán palpitar  las estatuas en las que nos  convertiremos.

BOND. NO BOND

Como Blofeld, el adversario de Bond, dedicaba unos minutos al día expresamente para jugar con él y acicalarle. Atado a su correa, Emiliano paseaba a Joan por las tardes en el patio que delimitaba la valla hasta la piscina comunitaria. Todo sería bastante corriente si no fuera  porque se trataba de un gato. No era un nombre usual para un felino, pero es que, su dueño tampoco lo era. No es habitual para mí caer fulminada en un flechazo textual durante cinco días, él confesó que tampoco era su caso.

Fuimos repasando la filmografía del personaje de Fleming sintiéndonos invencibles y humanos, héroes y vencidos por igual desde nuestras pérdidas. Las suyas muy duras: una demasiado natural y contra natura; la otra demasiado de película, en un exceso de distancia nórdica ella acabó con un mensaje y un mensajero recogiendo pertenencias. No puedo imaginar el dolor, el desgarro ventricular.

Coincidimos en nuestra aversión por la plancha y tolerar las arrugas de las hiladuras, pero declarada pasión por un orden y limpieza. Por eso, previendo que un día viniera a casa, limpié con esmero mis libros, todas las filas y estanterías, para que no me dejara solo por el polvo.

Las ganas hicieron de catalizador y el encuentro se quiso adelantar, pero desafortunadamente la lluvia lanzó sus peores pronósticos en operación trueno relampagueando avisos, además mi fiebre subió a la cabeza, por lo que la cama fue más desmayo que gozo.
Un día más. Pactamos vernos en su territorio, desde Gràcia con amor, tras una tormentosa semana, la temperatura subió a alta tensión si ello era posible, así que él se presentaría con esa elección en sus pantalones, jeans, camisa blanca y cazadora marrón. Yo le recogería con el coche y él se dejaría ver en la parada de autobús de una plaza, el único temor por mi intrépida torpeza era dar vueltas sin parar como el pony de un carrusel. Pero me aseguró ser doblador en escenas de riesgo, sabía que asaltaría mi coche como el agente con licencia para catar.
Servicial y cortés, el espía que me amó cinco días, cedió el aparcamiento de su Aston Martin sin desfibrilador a mi caballo blanco.

Probablemente nuestro encuentro se trató de la confluencia de dos almas atormentadas, su pastilla diaria por una alteración de título japonés conjugó con mi terco síndrome de Tako-Tsubo. Leyó el prospecto propio, mis indicaciones y posología y creo que, desde ese instante, el miedo a su propio vértigo le hizo caer también en el mío… o caímos juntos en un portal de tiempo, brillantes e infinitos como diamantes para la eternidad.

El día de todos los santos, muy vivos, levitamos, ascendimos al cielo en solo cinco o seis acometidas labiales. “Nos besamos bien” me confesó. Le contesté algo que no estuvo a la altura de su sinopsis sobre nuestra magia.
El día de los difuntos, cuando más vivos que nunca, morimos otro día de emoción. Se desbordó él por los pespuntes de un entusiasmo hilvanado, yo que me sentí enhebrada desde su hierba mirada, y deseé sus costuras desde su primera aguja en prosa, ser única y sólo para sus ojos.
Respondía desde el primer día a mis mejores versos con emociones gráficas que calificaba como corazones de mierda, quizá por no buscar competir y a mí me sabían a dulce manjar. Corazón que vive y deja morir, también así dejó de latir el dibujo.

Decía que no quería ser otro y no llegó a serlo, quizá porque no quiso salvar conmigo nada más que lo puesto, esos pocos besos y la ropa. Dicen que solo se vive dos veces, pero dudo que él aparezca una segunda, aunque nunca diré nunca jamás.

El mundo no es suficiente para continuar vivo, por eso me admitió que sus discípulos le salvaban a diario aunque ellos no lo sabían. Tampoco Joan sabía que, era Emiliano el que lo sacaba a él a pasear, que era el gato quien le pedía el arnés cuando veía a Joan envuelto en neopreno y tirando piedras a ese lago en el que a veces se sumerge.

ASCENSO SIN CIMA

Sobrevolé una esquina encontrándome un nuevo abismo de esos que me hacen temblar, de esos con los que no tropiezas más que de vez en cuando. Así que me pasé cuatro días con sus noches columpiándome sobre las patas traseras de una silla al borde de un precipicio. Yo, que soy de química y no creo en homeopatías del corazón, siempre espero que salte esa chispa que de pronto altera los elementos y los eleva antes de hacerles explotar, así fue, así estalló.

Bailó para mí, olvidé la canción y la letra, pero no dejo de recordar sus manos moviéndose libres, sus brazos alzándose como si desparramara algún gas adictivo que me hacía estar allí, pendiente de él.
En una sala de baile improvisada en la cocina, obvié mármoles desordenados, platos y cazuelas sucias para oler la magia que desprendía en su danza. Me perdía por segundos en sus piernas torneadas, rebotando sin descanso contra el suelo, levantándose una y otra vez, mostrándome su vuelo franco.
Fantaseé como venía siendo habitual con su mirada encima de la mía, con esa coreografía sobre mi cintura, con los hombros que me hacían desear su sombra. Con su pecho apoyado en mi espalda, con su aliento reventando en mis oídos.

Leyó, absorbió mis letras privadas, también las públicas sin permiso pero con todas las concesiones, me buscó de todas las maneras para encontrar mi punto más flaco. Y me encontró. Me colmó con pólvora de los más fantásticos cohetes, me encendía risas con las preguntas más serias en broma, o quizá bromeaba muy seriamente, no lo sé, ahora no lo sé. Yo solo sé que quería lanzarme a su abismo a pesar de no encajar en mi cuadrícula perfecta de camisas lisas y remangadas, en mi esclava convención de jeans gastados y calzado urbano.

Perdí la lista de sus canciones, apenas recuerdo algunas frases sueltas, atadas para siempre a mi consciencia. Una mañana me desperté a las nueve con treinta y seis mensajes suyos desde las cinco y cuarto de la mañana, y en cada acometida desvelada se iba haciendo de día también en mis ganas, enumerando horas para el primer abrazo.
Me dejaría cortar su pelo desparejo, confesó que se entregaría a mis manos, como un dócil Sansón.
A veces me costaba seguir su charla incansable y desde el teléfono cerraba mis ojos para triturar el color de su voz, para deshilachar su timbre, porque mi obsesión era desmenuzar cada propósito, cada palabra por si acaso encajara en mi deseo por él.

En un acto de fe acordamos mover nuestras montañas hasta una estación subterránea de tren, cada uno en su andén, con cuatro infinitos hierros de por medio, eso tenía que habernos dado pistas de que, lo que nos separaba pesaba demasiado, por férreas convicciones. Pero las sirenas cantaron al vernos y no nos resistimos a caer a las vías.

No pudimos entrar en el cine inundado por la lluvia, así que mientras le olisqueaba sin pantallas en aquella mesa de escaparate, me sentí al borde de su acantilado ya desnuda… cuando me descubrió que no había tal mar, ni ese agua refrescante que templaría mi sed y mi infierno, que en sus brazos había más fuego que en mi propio pecho. No se puede llegar juntos al mismo sitio por caminos diferentes, mientras uno avanza el otro se distrae, mientras uno invierte, otro gasta.

Desde una ventana confesamos nuestros espacios para el Demonio y los pactos que nos bajaban a arder, el temor a decepcionar, pero a pesar de todo, no me defraudó su pasión.  Me preguntó si aún quería cortarle el pelo, pero las tijeras andaban clavadas en otro rincón de mí hacía un rato.

Una discusión después, unas miradas de deseo y rabia más tarde, de nuevo, nos desencontramos juntos en la estación, de vuelta al punto cardinal de partida, Montseny y Garraf. Me costó separar mis labios de sus besos. El decorado me volvió a la realidad al abrir los ojos con una barrera fría y una escalera vacía.  Él llevaba mi libro en la mano, aún pendiente de dedicatoria. Yo subí al vagón con una novela diferente, una historia distinta con el mismo final: nos separó un tren, el que yo tomé y el que él dejó pasar.

18 SEPTIEMBRES

Fuiste mi primera vez, dolió, no te voy a mentir. Cuando creí estar preparada, de pronto la situación se convirtió en ese túnel en el que, en nivel consciente se confunde suplicio, sorpresa, angustia y placer. No tenía ni idea de qué se supone que debía hacer, pero finalmente el cuerpo es sabio y lo primero que sientes al tener a tu hijo en brazos es que tienes que protegerlo, porque, inesperadamente, le quieres antes de verle o ni siquiera tocarle.

Fue un proceso largo en el que, durante una tarde y una noche, con prisas químicas y poca colaboración de mis músculos, insistimos en que brotaras, porque te aferrabas a mis entrañas con nuestra seda atada al cuello. Al verte, se hizo el silencio en mis adentros, los gritos se volvieron mudos a pesar de mis fauces desencajadas, sangrantes, menguó el calvario de abrirme en canal, y a pesar de sentirlo, bajó el volumen. Casi enseguida, salías de mí y volvías a mí. En mis brazos, como quien toma aire por primera vez, tu lloro era confuso, la luz, el frío, mi arrullo de piel, mi voz desde fuera de nuestra caverna, familiar y extrañada.

Mes a mes, día tras día, tu carita iba cambiando, tus ojos azul grisáceo mutaron a marrón claro, tus cabellos dorados  se tornaron cenizos. Cada día una página en blanco, una palabra nueva, una travesura distinta, una imitación aprendida, aquel comodín que gritabas feliz cuando no sabías qué decir: “ukelele” y que nadie sabía de dónde habías copiado.
Siempre con aquella postura traviesa que tanto daba que hablar. Nos sorprendió a todos que a los cinco años dibujaras y escribieras con las dos manos hasta que optaste por la izquierda para dibujar todo lo que te resultaba tan interesante, ambigua tesitura porque jugabas, apuntabas y lanzabas con la derecha. Por eso, quizá, algún siete se resistió hasta bien tarde a ponerse en su sitio, ambidiestra actitud.
Todas las madres adoramos que nuestros hijos resalten del resto, es una reacción naturalmente proporcional a rellenar el espacio de “Hijo” en el libro de familia. Pero casi seguro muchos de tus profesoras, tutores, te recordarán siempre, varios me lo han reconocido, “por bien y por mal”, diablillo, encantadoramente revoltoso, inquieto, vivaz.

El escenario te tocó el corazón, el flechazo de las bambalinas ha sido irresistible y ahí andas entre más personajes que has escogido como parte de tus amigos. Todo pasa cuando tiene que ser, y aunque has tardado en descubrir las mieles de la adolescencia y primera juventud, las escenas están sucediendo como en una de tus adorables películas. No me explicaste el primer beso, aún no me has confesado cuándo pasaste más vergüenza ni más miedo, pero me gusta que sepamos mirarnos a los ojos y querernos bien.
No me imagino haber conocido un hijo mejor que tú, porque no serías tú. No puedo decir que eres perfecto, ni el más disciplinado, ni quizá el más insuperable en belleza, pero sé que eres lo mejor que he podido hacerte y la versión más adecuada que escoges en cada momento.

Querido mío, cumples dieciocho y quisiera premiarte con algo exclusivo, pero solo puedo regalarte consejos para siempre. A pesar de los obstáculos, no te rindas, lucha por lo que deseas y amas, nadie te regalará nada, así que trabaja duro, equivócate y levántate: es la única manera de llegar al éxito, pero no dejes de proyectar, atrévete a intentarlo. Mantente íntegro a lo que perdura. Ama, ríe, sé generoso, profundiza, no te quedes en la superficie, ni con las personas ni con lo que sueñas, aprende a ver más allá. Distingue entre ser decidido e insensato, no todas las batallas son provechosas. No te arrepientas de haberlo intentado, solo los valientes alcanzan el triunfo y pocas veces a la primera. Vive la alegría por las tristezas que vengan. Si crees en ti, nada contra corriente, aún zambúllete, aunque intenten convencerte de seguir las aguas del mundo.
Recuerda quiénes eran tus mayores y lo que hicieron por ti y contigo. Trata con respeto siempre, a las mujeres además con la exquisitez que merecen. Cuida y quiere a tu hermana a pesar de que toméis caminos distintos, siempre será tu otro eslabón, el que te ata a un pasado común, que continúe siendo un presente en el futuro.

A las catorce treinta, el veintinueve de hace dieciocho septiembres, mi tripa perdía su habitante más preciado. Esa montaña empequeñeció a la mitad, pero me advirtieron que raramente volvía a ser la original. La carne rota que dejó en mi pubis apuntaba a ser el recuerdo perenne de tu paso por mi vientre. Es increíble cuánto se es capaz de soportar y olvidar… tanto como para pasar por lo mismo una segunda vez, pero esa es otra historia.