DOMINUS DOMINANTE

Con periodicidad trimestral, uno que fue atentado de algo parecido a un idilio, se presenta en mis redes llamando mi atención como si su desplante por mensaje nunca hubiera tenido lugar. Fue el noble señor como aquellos artefactos que explotan en días, después de planear unas vacaciones revueltos para saber de qué lado duermes.

Así que, por buscarme, por hurgar mi astucia, afilando ironía sin tirar la piedra y encontrando las palabras punzantes contrarias a su deseo, le acostumbro a despedir con un puré de calabazas a su invitación de vernos.

Por su parte, el caballero alaba mi diatriba, pero no acata con deportividad (ni siquiera humor) mis negativas y siempre me obsequia con una serie de pataletas más propias de un jardín de infancia que de un profesor, como es, de preadolescentes.

Una vez, desesperado de amor por la espantada de otra y apelando a mi generosidad, consentí en firme en volver a vernos tras su cobarde descaro conmigo, pero, casualmente él no estaría muy sobrio y entre alcohol disculpó su retirada una hora antes del partido.

Aún más adelante, de entre su innumerable porfía, lanzó una frase más propia de último aviso, como el que desahucia una amistad, para borrarme de su lista virtual, otra vez, herido por mis repetidas ausencias a sus eventos, me anunció que no tenía sentido seguir hablándome, albergando la posibilidad de encontrarnos si yo no concedía espacio, pero parece que su insistencia permaneció intacta.

Otras muchas ocasiones, me pregunta si sigo pensando en él, si le recuerdo… Cuando le recuerdo que quizá es suficiente con su amada como mujer que se acuerde, me dice que no tiene nada que ver, y, ladrón flagrante, me dice que no está haciendo nada malo. Le preocupa mi felicidad y me pregunta casi siempre si ese estado zen ocupa mi ser. Yo le digo que estoy muy bien, agradezco su interés y le digo honestamente que no le recuerdo, que solo me acuerdo de algunas costumbres suyas.

Este último abordaje fue más breve que los anteriores, y en su tercer turno, me escribió que quería verme para ayudarle a empezar a escribir algo, a darle ideas. Mi respuesta en tono de comedia (pero solemne razón) de disponer de poco tiempo para mi propia escritura, volvió a cerrar su embiste, pero reiteró por mí que continuaba sin desear verle y aseguró entenderlo. Supongo que un intento de tranquilizarme, apuntó que no quería verme para nada malo, solo hablar y abrirle puertas. Mi elegante indiferencia emplazándole a hablar con sus mejores amigos y buscar retos en otras mentes inteligentes acabó por hacer clamar a Dios a un ateo confeso y (por undécima vez calculo) calificarme de rencorosa, “rencorosa es poco” dijo en su última despedida.

Al menos me sonó mejor que una frase con la que saldó el recuerdo incómodo de su huida al sentirse culpable y manifestar que me debía algo, pero intentar salir ileso del espeso jardín en el que se metió: “mejor cortar que asesinar”… Estoy segura que no se refería a mí como la víctima de tal magnicidio simbólico, pero, me pregunto si es necesario ser tan incisivo.

Colecciono, humana yo, incontables defectos como la testarudez, el conformismo en mis reformas domésticas, mi sentido ofuscado de la justicia, el don del ostracismo más inconsciente cuando necesito atención, una impuntualidad irremediable, intensidad en las nubes junto a las más negras llamas en el infierno, y, aunque escrupulosa memoria, más rápida absolución. Jamás el rencor ha salido a relucir en mis intenciones, porque la venganza es más para el cine y el karma lo delego a quien corresponda por lo de la inmensa administración. No soy mujer de bloqueos, borrados o barridos, solo aspiro a dejar respirar.

Me sorprende sobremanera esta obstinación masculina en quedar por encima como aceite, en un intento disfrazado de concordia pero hueco de dignidad propia y ajena. 

Personalmente, en prensa o comunicaciones encontraba excesivas algunas acciones tildadas como ‘micromachismos’, hasta yo misma he bromeado con otros hombres sobre ello. A veces no miramos lo que vemos.

Curiosamente, tras estos embates, engendro la sensación de no ser respetada en mi postura. Al ser requerida, invitada, si no correspondo como esperan, soy tachada de resentida o retorcida. ¿Mi seguridad, mi actitud libre tiene que ser directamente proporcional al rebaje de su ego como hombre, gónadas tocadas y hundidas, y por lo tanto a su fiasco vertido en mí? 

Pienso que hay más maneras de derramar su frustración, y en concreto una, puede que empiece, y acabe, justo entre sus piernas.

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DESCUBIERTO Y CRÉDITOS

Cinco estaciones de distancia y nunca me igualará aunque ya me atrapó en cien cosas. Sin predicciones de ciclón o tormenta, pero tampoco sirve el parte del tiempo: no hay intervalos en realidad, solo relojes derramados en ficción. Derretimos y congelamos las agujas a capricho, cuando oscilan caricias en horas tardías de un sofá, cuando aplauden las hojas de los árboles en vientos muertos.

El nueve de septiembre de dos mil diecinueve, a las nueve y tres minutos se espera que un asteroide impacte contra algún punto en La Tierra. Pienso si no es casualidad tanta precisión quirófana espacial, como cuando nos encontramos en el mismo punto de la retina y leemos el pensamiento del otro. No será coincidencia haber concurrido en el mismo espacio de este universo, haber ocurrido los dos.

Vimos la tercera gran luna este marzo que es también luna de gusano, cuando se empieza a ablandar el suelo y las lombrices vuelven a frecuentar la superficie, el deshielo de un invierno que enfrió dos vidas bombea con afán. Construyendo en cada misión con voluntad benemérita, vivimos el proceso Lamarquiano de evolucionar a superior por tanteos espontáneos, unidos por un eslabón perdido que se encontró en nuestras manos.

Dos armas de instrucción masiva retándose con admiración para combustir mejor, quemar estigmas. Para fuego, ya consumamos con gasolina cerebral, fascinación por sinapsis alterna. Estampamos los besos vetados del cinema Paradiso, vaya a ser que prenda el negativo y se pierdan los labios sin guión. Cortamos minuciosos a diario dudas  y cosemos los ángulos exentos de curva para no salir por la tangente, no sea que quedara el reparo más adentro de los senos. Como el apuntador de una concha, en obras improvisadas, susurramos la respuesta en silencios cómodos.

Encenderemos la luna cuando haya sombras en el gesto, prometeremos por el rito de los cocos no dejar de hacernos reír, tendremos un hierro candente a mano para cauterizar las heridas infringidas: alquilaremos un dragón para que lo encienda. Contrataremos un topógrafo para colocar las baldosas amarillas y caminar juntos hasta la ciudad más verde, seguiremos lacerando con agudas lenguas y bisturís romos.
Gritaremos fuego en teatros, nos alimentaremos con abrazos como cebo vivo, nos haremos traer atrapasueños por nuestros propios miedos, estiraremos la cornucopia de un espejo para convertirlo en biselado, nos inscribiremos en un programa de protección de postigos para escondernos del mundo, mataremos fantasmas perpetrando atentados contra desvelos.

Daremos la vuelta a todo el refranero buscando la lógica del absurdo entre pecho y espada con un ombligo en el que pernoctar. Con alas propias y sin aviones inventaremos más escenas con terminal feliz.

MÁS DE CINCUENTA SOMBRAS

Me duelen sus silencios, su frialdad, así que, sin respuestas por su parte, yo misma me encargo de curar mis heridas con alcohol y lejía. Empapo mis llagas con aquello que más escozor produce para ser yo la que incurra en la falta.

Será que lo insoportable duele menos cuando viene de uno. Quizá hiere menos un suicidio que una traición y me dedico a salpimentar las lesiones sangrantes aún reconociendo que no ha habido negativa ni deserción por su parte. Tan solo reserva.

Siento como si tuviera que prepararme continuamente para lo peor, como si, en el momento que todo fuera rodado hacia la felicidad, en ese momento álgido y en memoria de otras veces anteriores, de pronto tuviera que hacer simulacros de sufrimiento para lo que venga después. Como si hubiera una secuencia, lógica y matemática, una renuncia tras mi momento afortunado.

Me planteo si solo estoy acostumbrada a sufrir. Porque cada vez que llega eso bueno y tropieza en algo, dentro de mí empieza la obstrucción pronosticando un abandono, qué más da de qué parte, creyendo así que dolerá menos cuando, por ejemplo, él me deje o yo desista, cuando, por ejemplo, no aguante su uso sobre mí y me aparte de escena cerrando yo misma la puerta.

Quizá es por tener yo interiorizada esa fantasía, ese dolor terrible. Y si en un segundo de calma, intento pensar con claridad, hallar la salida, no encuentro la llave para cerrar esa maldita cancela que me obliga sin remedio a esperar, a prever, quizá, quién sabe, si a atraer ese momento horrible que me romperá, otra vez.

Apuesto continuamente con hechos sin importancia a todo o nada. … si el próximo que baja la escalera es hombre, me querrá; si el que entre por la puerta es mujer, no me dejará.

Y así voy rellenando las quinielas más inútiles que solo me hacen perder el poco aguante que me sostiene en su indiferente mutismo. Como una ludópata en una ruleta trucada en la que nunca gana mi siete rojo.

NEW NEWS NO GOODS

En el parlamento de Madrid persiguen a criminales que no existen en Catalunya por la prohibición y condena del castellano en calles y colegios. En las elecciones de Andalucía no se habla de los ciudadanos implicados, sino de Catalunya y de cómo reducir y esposar a una región que, atacada, opta y sondea un divorcio. En la asamblea de Extremadura se impele a votar la aplicación de correas más cortantes en Catalunya, resumidas en 155 hebillas de presión. No se intenta querer al que se quiere ir, se le apedrea por quejarse de las pedradas.
Las cortinas de humo en 2019 son del tamaño y textura de las del Teatre Liceu por lo menos, por poner algo de tierra nuestra por medio.
Hoy en día las manadas han cambiado de significado y ya no protegen a los débiles; los fuertes, en grupo, denigran y someten a las que podrían ser sus hermanas, primas o compañeras queridas. Hasta resulta casi gratis arrebatar y arruinar vidas, por más tiernas que sean. Pero eso sí, sin mucho espacio a la defensa, se recurre a la cárcel con quien pretende marcar el territorio de otro macho, torpeza obliga, pero siempre ley en mano.
Emigrar, sobrevivir y buscar una vida mejor parece que ya no se lleva y nos lleva por la calle de la a(mar)gura. El mar no deja de tragar lágrimas y acoger cuerpos sin patria.
En Venezuela, su dirigente declara “haber viajado al futuro y haber vuelto. Que todo saldrá bien en el país”. Además de otro señor en el mismo país que se declara presidente de sus compatriotas por sí mismo. Mientras, en un país gigante que no dejan de engrandecer, hacen ‘el indio’ como lo fueron hace más de 200 años sus primeros habitantes, pero con intereses do(lares)bles.
Casi que vamos a pedirle al líder caribeño que vuelva a subir en el Delorian para ver cómo termina el culebrón en España, porque hay cuatro barras que les va de maravilla para emborrachar al que (ve)bebe lo primero que le enseñan.
… Aunque estando el vehículo del tiempo aparcado en los estados más unidos, no sé cómo rebasará los muros que la marioneta loca del flequillo levanta contra el mundo, porque cree que el ombligo, en cursiva, mayúscula y negrita (sin negritos) del universo, se compone de cuarenta y ocho estrellas.
Y hasta aquí la “fatualidad”.

CUÁNTO CRECIENTE

Hace solo unos días han descubierto la parte más desconocida de la luna y ya nunca más tendrá una cara oculta. He comprobado qué es interés crudo desde un hombre y ya nunca más volveré a decir que no existe.
Almuerzo abrazos en su pecho y nos comemos perversos. Es extrañamente familiar, el leer en las líneas de sus ojos que palpita lo mismo que cimbrea mi sien. LLegamos al principio a una conclusión: que nos conocemos de otras vidas y sin final ni fin, queremos seguir viajando en el tiempo, conduciéndonos por la misma carretera, sin más desenlace que recorrer camino.
Como naúfragos de este terremoto que es la vida, damnificados en asuntos coronarios, somos supervivientes de otros personajes. A veces, nos dejamos llevar por las ilusiones de un melodrama fantástico basado en hechos reales y otras, nos rendimos a Elvis casándonos en Las Vegas como un peaje.
Un pasado que no nos quiso unir para seguir aprendiendo el método por separado y ensamblarnos más tarde en un hambre parecida.

Después de visitar al forense como médico de cabecera, de suicidarme varias veces al día, estoy más viva que hace años. He sido capaz de convertirme a sus besos en mi apostasía, de ser admiradora de sus huesos en mi hambre.

Cauterizó mis llagas con un par de libros y el dibujo de nuestra primera acampada. Hubo presentación en suciedad de sus mejores películas, por acabar en el suelo como carne derramada. Fabricamos cantidades industriales de saliva para poder pasar las hojas de todos nuestros libros.

A la fuerza, por gravedad y por corrientes de convicción, en piel, somos placas tectónicas que chocan, se contraponen, se frotan, cambian de posición a arriba y abajo en cada asalto, en cada temblor. En las sacudidas me quedo a dormir en su ombligo por si acaso esa esfera fuera el espacio imperfecto que tanto busqué. Mientras, él une mis lunares pespunteando los números para obtener la figura que tanto desea.

Fabricamos submarinos con telas de sábanas y nos alojamos en el otro como estancia de lujo. Despejamos la equis de todos nuestros empates en una quiniela continua, apostando a ganar por igual.

Me pregunto si será él incendio para mí. En el pasado creí que algunos prendieron, pero ahora entiendo que fueron provocados, ardió pronto y quemó rápido, arrasó como papel que se reduce a la nada. En llamas, quiero encender y perforar su madera, crepitar su resina y abrasarnos.

A diario, continúa tras la manta de su cámara frente a mí, por si pudiera robarme también el alma. En horizontal y tras una pequeña muerte, resucito para relatar mi propia autopsia, para legar que es él lo que quiero que me pase próximamente y después. Sin notario, normas ni mandamientos.

CONCATENA2

Enhébrame, penetra mis fibras, atraviesa mi tela en dulces embates.  No tengas cuidado de hacerme daño, entraste de madrugada en mi cabeza, ya estás dentro de mí, con detalle, en el fondo.
Calibra mi pecho como el primer día, con tu mano plana y contabiliza mi pulso como metrónomo sofisticado, no te asustes, casi todo en mi interior es ecuación en cifras y letras. Luchemos en horizontal, de forma bárbara, como vikingos, midamos las fuerzas hasta que nos fallen.

Quiero que cuadres en mi agenda, que quepas en mi plano general de aire, dominarte en cenital quiero, arrancar contrapicados suspiros. Dejarme acometer por tu deseo como registro nadir, que invadas mis pliegues desde mi espalda, en cámara dorsal. Siempre con el mismo objetivo: aparecer en tu lente.
Fundámonos a negro, terminemos escenas juntos, porque abandonarme a tus pupilas es mi círculo vicioso.  Fotografiemos los mejores gemidos. Montemos sobreimpresiones con nata en un pentagrama de lionesas.

Creemos una puerta para nuestro bazar porque así estalló: nos puede nuestra tienda y nuestro cielo. Fabriquemos máquinas expendedoras de corazones. Cuenta conmigo las cuentas de un rosario incrédulo, contemos más que Calleja, nada de cuentos chinos. Cúbreme, déjate envolver y que mis brazos sean tu abrigo, vístete de mi piel, quédate con mi cuero. Quiero viajar contigo y en ti.
Déjame oscilar entre tus piernas, atarme a tus pestañas, explorar tus huesos, aprender tu signo. Permíteme espiar tu método, copiar tu técnica, imitar tu empeño. Autorízame a imprimir con saliva como tinta indeleble en tu boca, te firmaré un salvoconducto para disponer de nuestros labios abiertos a tiempo completo. Déjate sentir, documentarnos para describir la morfología del abrazo, la anatomía de un beso.

Subamos al Delorian una vez más, explotemos el tiempo con las agujas de relojes atrasados. Detengamos el espacio inventando una teoría, patentemos una hipótesis soberbia, especulemos sobre miradas hambrientas. Rebasemos los siete segundos de reconocerse, los siete minutos de resurrección en trescientos sesenta grados.

Descubramos un concepto matemático basado ciega y científicamente en magia, la química sólo detona pero no traspasa el alma. Encontremos la fórmula para rellenar el condensador, no dejemos de flucear. Buceemos en busca de causalidades que coincidan en nosotros, de remotas casualidades que nos recuerden que ya nos tanteamos en otras vidas. Asistamos al sincrodestino de un metraje que empezamos a protagonizar.

Compremos, tuya, mío, permanezcamos nuestros. Latidos corrientes que harán palpitar  las estatuas en las que nos  convertiremos.

BOND. NO BOND

Como Blofeld, el adversario de Bond, dedicaba unos minutos al día expresamente para jugar con él y acicalarle. Atado a su correa, Emiliano paseaba a Joan por las tardes en el patio que delimitaba la valla hasta la piscina comunitaria. Todo sería bastante corriente si no fuera  porque se trataba de un gato. No era un nombre usual para un felino, pero es que, su dueño tampoco lo era. No es habitual para mí caer fulminada en un flechazo textual durante cinco días, él confesó que tampoco era su caso.

Fuimos repasando la filmografía del personaje de Fleming sintiéndonos invencibles y humanos, héroes y vencidos por igual desde nuestras pérdidas. Las suyas muy duras: una demasiado natural y contra natura; la otra demasiado de película, en un exceso de distancia nórdica ella acabó con un mensaje y un mensajero recogiendo pertenencias. No puedo imaginar el dolor, el desgarro ventricular.

Coincidimos en nuestra aversión por la plancha y tolerar las arrugas de las hiladuras, pero declarada pasión por un orden y limpieza. Por eso, previendo que un día viniera a casa, limpié con esmero mis libros, todas las filas y estanterías, para que no me dejara solo por el polvo.

Las ganas hicieron de catalizador y el encuentro se quiso adelantar, pero desafortunadamente la lluvia lanzó sus peores pronósticos en operación trueno relampagueando avisos, además mi fiebre subió a la cabeza, por lo que la cama fue más desmayo que gozo.
Un día más. Pactamos vernos en su territorio, desde Gràcia con amor, tras una tormentosa semana, la temperatura subió a alta tensión si ello era posible, así que él se presentaría con esa elección en sus pantalones, jeans, camisa blanca y cazadora marrón. Yo le recogería con el coche y él se dejaría ver en la parada de autobús de una plaza, el único temor por mi intrépida torpeza era dar vueltas sin parar como el pony de un carrusel. Pero me aseguró ser doblador en escenas de riesgo, sabía que asaltaría mi coche como el agente con licencia para catar.
Servicial y cortés, el espía que me amó cinco días, cedió el aparcamiento de su Aston Martin sin desfibrilador a mi caballo blanco.

Probablemente nuestro encuentro se trató de la confluencia de dos almas atormentadas, su pastilla diaria por una alteración de título japonés conjugó con mi terco síndrome de Tako-Tsubo. Leyó el prospecto propio, mis indicaciones y posología y creo que, desde ese instante, el miedo a su propio vértigo le hizo caer también en el mío… o caímos juntos en un portal de tiempo, brillantes e infinitos como diamantes para la eternidad.

El día de todos los santos, muy vivos, levitamos, ascendimos al cielo en solo cinco o seis acometidas labiales. “Nos besamos bien” me confesó. Le contesté algo que no estuvo a la altura de su sinopsis sobre nuestra magia.
El día de los difuntos, cuando más vivos que nunca, morimos otro día de emoción. Se desbordó él por los pespuntes de un entusiasmo hilvanado, yo que me sentí enhebrada desde su hierba mirada, y deseé sus costuras desde su primera aguja en prosa, ser única y sólo para sus ojos.
Respondía desde el primer día a mis mejores versos con emociones gráficas que calificaba como corazones de mierda, quizá por no buscar competir y a mí me sabían a dulce manjar. Corazón que vive y deja morir, también así dejó de latir el dibujo.

Decía que no quería ser otro y no llegó a serlo, quizá porque no quiso salvar conmigo nada más que lo puesto, esos pocos besos y la ropa. Dicen que solo se vive dos veces, pero dudo que él aparezca una segunda, aunque nunca diré nunca jamás.

El mundo no es suficiente para continuar vivo, por eso me admitió que sus discípulos le salvaban a diario aunque ellos no lo sabían. Tampoco Joan sabía que, era Emiliano el que lo sacaba a él a pasear, que era el gato quien le pedía el arnés cuando veía a Joan envuelto en neopreno y tirando piedras a ese lago en el que a veces se sumerge.