EL OTOÑO EN LOS TIEMPOS DEL COVID

El frío va llegando, ya dormimos una hora más pero no mejor, y el sol nos deja antes. En día del señor y sin intención beata, fui al hospital a ver al hombre que olvida más que recuerda quién soy. No podía haber paisaje mejor: tocando al mar y a un anfiteatro romano. Me detuve como los sabios a admirar las piedras de otro milenio acaso me hablaran, o por el contrario para adivinar qué verían desde sus torres.

Ahí, entre dos épocas, sí había armonía de otra dimensión.
De espaldas al mar, al otro lado de la carretera unos cuantos bloques modernos de hace cien años devolvían al instante y mi finita realidad. A continuación una iglesia y no sé si con causalidad y alevosía, pero, justo delante había varios contenedores de basura. Como si fuera fácil en la vida ordenar hechos, pretenden que sea sencillo clasificar los desechos.
Un hombre aparcó su carrito con bolsas y objetos variopintos delante de un contenedor verde. Se ayudaba de una percha transformada en lanza para pescar todo lo que sospechaba pudiera ser útil mientras sostenía la tapa del contenedor con otro sencillo invento. Pero lo hipnótico fue la dulzura al doblar la ropa que iba rescatando, el extraño esmero que usaba en cada gesto, en cada pliegue que ejecutaba. Asentaba sus hallazgos en el carrito con más cuidado que mis hijos guardan la colada en su armario. 

En el control de acceso al hospital, pisando mi señal roja, presencié una escena teatral en primera fila. El joven que la semana anterior enumeraba prohibiciones y normas, obligando a alcoholizarme sin copa alguna tras su mampara, miró a la usuaria de forma distinta. Completando el apunte de rigor, dijo que no hacía falta preguntarle su nombre y su teléfono por venir cada día, que su número era muy fácil de recordar. ‘Como el mío’, añadió además recitándolo. Ella encajó bien la invitación riendo con sus ojos por encima de la mascarilla.
Solo pensé que, a pesar de todas las veces que llevaban coincidiendo, justo en ese momento, en la línea marcada en el suelo, a metro y medio detrás de ella, fui testigo del lanzamiento de un guante, aunque de plástico, en estos tiempos enmascarados y sin héroes ni glamour, más vale, dicen, protegerse.

Tomé, como ahora es ley, mi café en la calle y dos hombres jóvenes, algo sucios, guardando la distancia de siniestralidad nos preguntaron con suma educación, desde sus bozales, si podríamos pagarles un café caliente y algo de comer porque tenían hambre y vivían al aire. No me pareció mejor motivo para pedir y estando mi cuenta desvaneciéndose a números negativos no lo dudé un momento. Sus caras de celebración ante los bocadillos y los vasos de papel fueron las gracias antes de recibirlas.

El amor en tiempos de cólera deja libros, el café en tiempos prohibitivos se toma al fresco y sin techos. Parece que el  virus, muy vivo él,  se aloja en las mesas de los bares y los restaurantes y nos tapa las bocas por narices en las plazas y parques. Pero el mal bicho se debe asustar con creyentes en cultos, o por lo visto ataca más vilmente a infieles en teatros a medias tintas y en cines sin apenas cuerpos. El muy gamberro sale de noche a instalarse como huésped, así que tenemos toque de queda y quedamos tocados de este cielo raro que nos obliga como corderos a creer en todopoderosos mortales.
Así andamos, pero poco, que también han clausurado el ejercicio. Contando céntimos, aferrándonos a las horas, no vaya a ser, como nos dicen los que dicen que saben, nos castiguen con el encierro; puede que sea el infierno treinta y cinco sin anillos ni círculos, pero, con permiso de Dante, en tiempos republicanos y federales, arrestos corona. Embarazosos días para acabar el año de la tercera guerra, deseando que nazca al fin la paz de abrazar y respirar.

Mientras tanto, el hombre que olvida más que recuerda quién soy, en su demencial carrera, con los ojos aún más diminutos, resiste callado, perdido, aunque no parece sufrir. Como un espejo, sonríe si le sonrío y derrama palabras encriptadas a las que sólo él encuentra sentido.
Cuando entro a casa y les veo, solo deseo no olvidar ese par de rostros… Y por desear, que tú sigas reconociéndome cada día, sorprenderte en líneas, afilar mi agudeza, porque sí tengo miedo de extraviar tus ojos en mi mapa.

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