MARÍA

MARÍA

Los primeros recuerdos que tengo de ella son de cuando yo tendría unos seis o siete años, ella se acicalaba  frente al espejo del lavabo. Fue la primera vez que veía poner el colorete directamente con una barra de labios y frotar después la mejilla. Con mis manitas agarradas al lavamanos, pensaba que haría lo mismo que ella cuando fuera mayor.
Rociaba su cuello y muñecas con aquel perfume. No olvidaré estas gotas que quedaban en su botella Eau de Rochas, ese fue su olor, siempre. Quizá sabedora de mi adoración por ella, me ofreció las pocas vaporizaciones que restaban de su esencia, yo acepté el frasco marcado con dunas como si fuera la escogida de un galardón.

Aún hubo muchos más días en idéntico cuadro de pinturas. Una vez, mientras se calzaba aquellos tacones finos imposibles en pies ya estigmatizados, probaba alguno de sus pañuelos para completar el conjunto, yo loca por el rosa entonces, insistía en que se pusiera uno de ese color con brillos de colores, pero a ella no le convenció así que me miró y de nuevo cómplice, como con su colonia, me regaló su pañuelo. Encantadísima  formó parte de mi vestuario infantil casi permanentemente durante años.
Me encantaba verla correr en ropa interior y de puntillas, para que la censura de mi tío no se levantara en gritos, desde el lavabo a la habitación improvisando cambios de vestido. Recuerdo pensar que mi barriguita infantil desaparecería un día cuando tuviera su edad y que, llegaría el día que tendría un cuerpo esbelto como el suyo, un lienzo más femenino realzado por aquel fino encaje de raso.

En la misma calle vivían cuatro de los siete hermanos con sus respectivas familias. En el número cinco mi padre, el quinto hermano, en el número diecinueve su padre, el tercero. En cifras también nos separaban doce años y compartimos algo más que el primer apellido, los ojos pequeños, oscuros y la rebeldía sometida. Éramos dos románticas que soñaban despiertas.
Nos decían que nos parecíamos a menudo y yo me sentía feliz. Cada vez que me sentaba en una silla sobre de mi pierna, no como una señorita, a mi madre se la llevaban los demonios mientras exclamaba aquella frase tan repetida ‘… eres igual que tu prima Mari, ¡haz el favor de sentarte bien!’.  Probablemente buscaba avergonzarme y, contrariamente, yo,  orgullosa en mi admiración.

De la familia éramos los únicos entonces que teníamos teléfono en casa y recuerdo ir corriendo a buscarla porque había llamado uno de aquellos novios de ella adolescentes, Valentín, porque la volvería a llamar en diez minutos. No recuerdo más nombres. También venía para llamar desde casa con su amiga Ana y de pronto, con un puente de generaciones entre las dos, escuchando sus conversaciones, me sentía ya casi otra veinteañera.

Pasaron algunos años y recuerdo aquellos tomos que tenía que aprenderse para aprobar las oposiciones de justicia. Aquella melena oscura ondulada que ella cepillaba con volumen extra. Las dos peinetas recogiendo parte de su cabello con raya en medio.
Su tabaco, imprescindible, era la única junto a mi padre a quien yo perdonaba el vicio.  Los domingos, en el huerto familiar, su hermana y ella nos llevaban al resto, cuatro pequeños, -debía tener yo unos cinco años- lejos de los grandes con la excusa de pasearnos mientras ellas devoraban sus cigarrillos.

Si pienso en ella, es imprescindible ese rictus casi triste que enmarcaba su cara, solo cuando arrancaba con aquella risa de niña me inundaba de pronto. Todavía la veo con unas manoletinas o unos tacones, un bolso demasiado cargado, una actitud tranquila, pero mirada inquieta. Su andar era único, siempre me pareció condicional, a veces con incertidumbres, pero voluntarioso. Pañuelos del cuello, sin joyas, para ella eran estridentes, solo discretas perlas en sus lóbulos.
Su manera de hablar, invariablemente dulce, hasta cuando estaba enfadada, hacía que unos cuantos nos riéramos con ella, siempre decía que no sabía hablar de otra manera, así que la retábamos a decir palabras malsonantes que sonaban casi a Disney en sus labios.

Un tierno bebé era su completa debilidad, podía estar horas con ellos acunándoles, derramando ternura, empleando toda la paciencia que a un padre o una madre a veces se le agota. No he conocido madre más entregada, a veces pienso que sin reconocimiento en ocasiones por sus hijos y las causas de estos, sus gustos. Confieso que a menudo le reñía por anteponer de forma automática los caprichos de ellos a su bienestar propio, a su serenidad. Ello también fue otra fuente de discusiones entre nosotras.

Una vez me hirió con una sentencia rápida probablemente sin pensar cómo lo estaba yo recibiendo. Me dolió  quizá más que no reconociera su error a pesar de verlo y quisiera insistir en su ruptura de esa forma tan lapidaria. Puede que aflorara en mí soberbia por no haberla sufrido nunca con ella y actuara en aquel momento, tanto que, de pronto ya no pude ser lo complaciente que era con ella y en sus intentos de vuelta me mantuve algo más tibia.
En el fondo, creo que no le perdoné que siempre se viniera abajo en un bucle gastado al ver, conocer y analizar los problemas pero no acabar de actuar. Me exasperaba que contemplara demasiado el pasado intentando releer otra vez lo aprendido y no mostrara atención al presente y el futuro.
Quizá tuve que estar ahí cuando ella me echó de su vida y mantenerme cerca porque siempre hay que estar para los lazos de sangre, pero aún más para los nudos que van más allá de un apellido.

Aunque volvimos a abrazarnos y reencontrar nuestras miradas, no hubo tiempo suficiente para contarle que volví a enamorarme, avisarle de que los niños ya eran adolescentes, no pude decirle más veces que la eché de menos y nunca le confesé que no le tuve en cuenta aquellas palabras a pesar de mi distancia.
Una sombra sin avisar ni hacer mucho ruido se instaló en sus tripas, donde ella quería las mariposas de la vida y las hacía sentir. En tres estaciones el monstruo venció a María.

PROSPECTO PROPIO

PROSPECTO PROPIO

Sin componente químico artificial de laboratorio, no soy una mujer al uso, lo sé. No soy para todos los públicos ni apta para la mayoría de hombres ni de hambres. 
Destilo emociones, no puedo retenerlo ni evitarlo, es involuntario; como respirar, a pesar de lo que opinen los enterados de turno o los especialistas en mentes ajenas.

No quiero las frases de siempre como las rimas fáciles de Mecano, no quiero que abras una puerta en mí si no piensas en quedarte un tiempo, al menos hasta que los dos queramos… o ya no nos queramos.
No empieces a lubricar mis oídos y mis pliegues si solo vas a meter la llave y sacarla, sin vibrar abriendo mis candados. No engrases mis armaduras para que caigan sin chirriar si no estás dispuesto a luchar por mí. No pretendas despojarme de mi yelmo de prudencia, desnudar mis miedos, si piensas dejarme al raso tras una noche de caricias tibias.
No te burles ni menosprecies mis escudos si vas a clavarme tu lanza y huir tras la conquista. No me anticipes victorias futuras, vivencias enlazadas como juramentos si no vas a participar de la celebración conmigo.
No mientas en tus pretensiones que pudieran no ser a las que aspiro, probablemente, pero yo también quiero decidir las mías propias. No me prometas cielos ni príncipes en un infierno lleno de dragones y crueldades, prefiero el purgatorio real y llamar a las cosas por su nombre.
No me acuses de romántica ni loca por querer poner un título a nuestro nexo, todo tiene un nombre, también compartir solo carne.

Y sobretodo… No continúes dándome cuerda, acariciando mis palabras, acogiendo mi voz, sosteniendo mi piel, si de pronto, por toda mi pasión decides que no quieres continuar la aventura empezada.

Si no soy la mejor opción para ti, si no sientes que has encontrado a alguien irrepetible y diferente en mí, déjame ir de tu intermitente control, ese es tu temor en realidad, tu manera de no comprometerte a nada, de no atraparte los dedos. No me mantengas a medio fuego reavivando o apagando según mis silencios o mis llamaradas.  
Y desde luego, si no estás convencido que en mí hay algo único y singular, algo que detenga tus instintos y sacuda tus fundamentos, si no piensas que soy una mujer por quien uno quiera revisar sus planes, mejor sigue tu camino, es vital que sientas que, si no es conmigo, no podrá serlo con nadie.

Si no me vas a tomar entera, si no te voy a doler, no me quieras.

LOS SUEÑOS, SUEÑOS SON QUE DECÍA SEGISMUNDO

LOS SUEÑOS, SUEÑOS SON QUE DECÍA SEGISMUNDO

El lunes me escribió mi ex… ¿amante? ¿amigo especial? Sé que no fue un arrebato -un rollo que dicen- ni un novio. Solo fue el hombre que  ‘desfibriló’ (cargando a 200) en mí tantas sensaciones perdidas o hasta desconocidas, el primero de mi otra vida.
Hablábamos sobre la fe y el grado de creyentes que cada uno tenía y surgió la broma al plantear vernos en un culto o (todavía nos permitimos flirtrear malvadamente) mejor en un akelarre, cosa que no le hizo dudar al contestarme directamente ‘hieros gamos’ (…) Yo tenía una leve idea del tema, más bien de que contiene ‘tema’. Pero no sabía que significaba un matrimonio sagrado entre el sumo y la suma sacerdotisa.

Aparentemente no me trastornó, es más, me encantó el ser capaces de bromear y coquetear muy sutilmente aún. Pero por lo visto mi subconsciente, a veces muy inconsciente él, se encargó de grabarlo mientras descansaba esa noche. Así que, mientras trataba de airear todos las preocupaciones con Morfeo, mi lado más erótico-salvaje se puso a fornicar con mi… bueno, con mi sumo sacerdote.
Fue una noche sublime, momentos rescatados del recuerdo manejados por el poder onírico que permite volar sin caer. Inventándome a la carta todo lo que quizá ni quiso suceder, ni pretendía pasar, en un pretérito compuesto por los dos. Nuestro modo nunca fue indicativo de nada, más bien un subjuntivo de explosiones que quedaron en controladas detonaciones juntos.

Nos pasa, me pasa a menudo soñar con algo que me ha afectado durante el día. No recuerdo haber tenido sueños premonitorios, imposible por rocambolescos y Dalinianos… pero sí sueño con lo que me ha pasado durante el día. Más bien con lo que mi criterio emocional considera lo suficientemente importante para registrar en mis archivos nocturnos de copia de seguridad. Aunque sea para la posteridad, o como sinopsis para una historia.

Presumo de tener mucha memoria, será que la cultivo con sueños la mar de reparadores, ¿quién dijo que lo erótico no es productivo?

LA FRAGILIDAD DE LO ETERNO

LA FRAGILIDAD DE LO ETERNO

Ayer Marilyn hubiera cumplido 88. Aunque nunca es demasiado, murió demasiado joven, demasiado pronto, demasiado idolatrada, demasiado triste. Valga desde aquí mi pequeño homenaje para la única. Eterna Marilyn.
Puede que sea una tendencia humana el hacer de aquello breve y maravilloso algo eterno. Yo estuve con un hombre la friolera de tres meses y medio y fue la relación más sublime que he tenido hasta la fecha. Me escribía mucho, me tocaba, con la guitarra y con sus manos. Me cantaba, y sobretodo me deseaba. Yo le admiraba y él me miraba como a una divinidad. Me hacía sonreír muy a menudo y me provocaba hacerle reír, contra todos esos síntomas no se puede una inmunizar, es un virus demasiado potente, demasiado contagioso, demasiado tarde, como para no enfermar de amor.
Amor, sí. Qué más da si fueron unas semanas, unos pocos meses, cogerle cariño a alguien es una clase de amor, hasta puede haber enamoramiento. No estoy de acuerdo en frivolizar o no dar el lugar apropiado a un amor leve, no es un amor inferior en la escala. No me parece más auténtico un amor durante quince años que un amor más fugaz de algunos días. Menos aún a una edad madura, esto es un agravante para acusarnos en primer grado. Evidentemente lo que se comparte es diferente, hablo de lo que te hace sentir en justo ‘ese’ momento de tu vida.
Yo creyente e idealista, romántica y optimista, espero que algún día llegue otro de esos, de esos amores únicos, extraordinario y soberbio con un hombre imperfecto que me haga vivir otra inolvidable aventura durante mucho, mucho tiempo, hasta el final del amor al menos. Porque, no nos engañemos, sufrir el desamor está bien para escribir, pero para vivir, sin duda el amor.