11/01/2021

Las fechas, los números siguen añadiendo renglones a nuestra existencia. Nos siguen robando vida papá, restando minutos a nuestro permiso diario, sustrayendo derechos, prohibiendo cafés. Cierran bares y posibilidades, acotan risas, voces en alto en el metro. Ahora hay vagones de silencio; si pudieras verlo no lo creerías tú que naciste al año de la guerra. No hay armas, solo miedo y multas, esa es su pistola para contenernos; si pudieras estar aquí serías el rebelde que fuiste, el inconformista que busca grietas en un muro.

Todavía no sabemos quién es Bansky papá, pero tú tampoco lo sabías ni te importaba. Te conformabas últimamente con encontrar rostros conocidos en tu niebla, aunque no sabías ni el nombre, solo caras familiares que te sujetaran a una realidad caduca. 

No sé si debería aumentar el número de lágrimas, sufrir cada día un rato más, rememorar más a menudo todas las fotos recopiladas, pero es que no quiero dramatizar la tragedia ni subrayar la desdicha. Tú también eras así, llorabas lo justo, sin teatros ni odiseas, más bien solo que con público y sin saborear la calamidad.
Casi siempre te arrepentías de los cambios, hasta de comprar algo, no sé si por cobardía o por indecisión, pero a menudo manifestabas clamando al cielo tu desazón consumada. Curioso de verdad, por ser más ateo que nadie y hacer reclamaciones al firmamento a la vez; por invocar santos reales e inventados en asistencia urgente.
Crecimos con ello, como cuando en el coche se formaba aquella inexplicable tensión que cargabas con gasolina y dinamita por una caravana, por una leve equivocación en ruta. Todos nos volvíamos pequeños, invisibles, recuerdo sostener la respiración, pausar cualquier mínimo ruido, para que nada distrajera tu retahíla de maldiciones y golpes en el volante. Mamá siempre obediente y sumisa ya nos aleccionó sobre tu particular carácter y así empezamos a naturalizar tus salidas de tono y la respuesta frenética y desmesurada ante cualquier hecho que no pudieras controlar. Esa era nuestra existencia, ni buena ni mala, la nuestra, la de convivencia y de relación puntual, apenas inexistente, con el resto del mundo. 

Hay un hombre que me abraza muy a menudo papá, como nunca hiciste conmigo. Me besa por prescripción imperativa y toma mi mano a diario. Me envía fotos del cielo cada mañana y salta las normas para asaltar mi espacio. Ni tahúr ni religioso pero ha apostado por mí y nos ha convertido en nosotros, espera cada carta impaciente y es adepto de mi letra y mi boca. Te hablé de él cuando, enfermo pero cuerdo, oías bien y escuchabas poco. Soy feliz. Yo le doy mar y fuego y él me da árboles a los que trepar y aire; la vida es mejor si estamos cerca. Jugamos a lo mismo cada cual en su estilo y campo, pero cuando jugamos juntos, nos ganamos.

Casi nunca te interesó mi corazón, lo sé, solo que el resto de órganos cumplieran exactamente su función sin fallos. Tampoco mis líneas tenían importancia para ti, la farándula y lo artístico no dan de comer, eso predicabas y practicabas. También cultivaste en mí que ningún hombre me mantuviera ni me reprochara vivir de él…  por si acaso, que nadie pudiera tratarme como tú a mamá. No te preocupes, hiciste bien tu cometido, trabajo y mantengo mi casa y mis hijos, los hombres solo me reprobaron querer demasiado, pero también hice de mi experiencia un lema y me instruí sobre latidos, ya nadie me ama más que yo misma. 

No me costó decirte adiós en tu caja de cristal, pronunciar que te perdono porque también me perdoné a mí. Te lo reconocí, recordaré lo bueno que me ha llevado hasta donde estoy, ojalá sepa hacerlo también como madre. Tocar por última vez tu mejilla de mármol me pareció la mejor despedida. Ya hicimos las paces al estallar la explosión, en medio de tu humo confuso.
Siempre detonando al momento, a la impaciencia, a la alarma, a una continua zozobra y la vida te dio el tiempo necesario para eximirte, para absolver tus recuerdos dentro de mi cabeza, para salir inocente por aceptación de ternura transitoria.
Porque la caída de tus ocho mil en tres meses hasta el campo base fue en humildad y compasión, casi nada se le puede negar a un hombre que vivió, como mejor supo, no supo mejor, dedicado a los suyos, los de casa como tú decías. 

Más adelante te contaré más papá. Este año quedará en mi aparador la botella de Chivas, quizá un día brinde por ti y empiece una relación discreta con el alcohol. Quisiera que tus cenizas fueran a parar de alguna forma a tu admirado universo. Que desde allí encontraras la paz y velaras por los que quedamos más abajo, en una suerte de purgatorio que, de vez en cuando, por momentos, nos hace vivir un paraíso.

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