PRIMAVIRUS

Hace unos meses que temblamos por dos coronas, y no hay joya alguna en ellas. Desde el aire a las huellas ronda un monstruo invisible que pretende habitarnos y comerse nuestros bronquios. Y no hay posible canje ni vacuna, el engendro anda hambriento y no tiene adversario.

Y por otro reino, que el monarca vivía como un rey ya se sabía, también que no dudó jamás (privilegios de cor(i)(o)na) en privarse de hembra que se le cruzara ni caza que se terciara; ni siquiera vaciló en añadir sumas que restaran parte de su nobleza y le hicieran más pendejo que plebeyo. Más humano que divino.


Ya no quiero escuchar más números, más cifras inertes, no más contaminados de la lepra de este invierno. Aún cuesta creer que ahora todo es desierto, que las persianas se cierran, que siega la muerte por un mal bicho.
Rogamos a Santa Bárbara en plena tormenta, confinándonos de la algarabía aprendida a un encierro profano. Somos fulanas convertidas a monjas de clausura. Fugaces que creían ser eternos. Mortales venidos a menos.
Castigo debido, penitencia de presidio sin pecado concebido.
Y con el síndrome de Helsinki, les excusaremos probablemente diciendo que podría ser peor y no habrá revolución alguna. Así los capitanes, seguros que no ocurrirá motín, continuarán llevando el barco allí donde haya tesoro para ellos.

Pero así y con miedo te quiero igual, nada de este real bacilo adormecerá mi canto. Con precaución y te amo lo mismo, ningún ahogo callará mi pecho.
Sigue amaneciendo, girando y buscamos como condenados, desahuciados en este teatrero mundo, máscaras que nos hagan invencibles, guantes que nos den la inmortalidad. Nos alcoholizamos con barniz como protección acaso la bacteria se escurriera entre los pliegues de las manos, como una serpiente camuflada esperando a deslizarse en nuestras narices o en bobas bocas. 

No estamos listos para sufrir el amor en tiempos de gárgolas, en cóleras a destiempo. De noche todo es más grave y agudo: un ruido, una llamada, un terremoto. He empezado a contar cabras para dormir, para soñar que pueblo el recinto de tus labios. No me acostumbro al diezmo de mí, a contentarme con solo tus palabras, a cerrar los ojos para escucharte mejor, a pausar un retrato para aprender arrugas nuevas que dibuja tu piel al echarme de menos. No logro conformarme a tocar frías pantallas para mesar tu barba.

Crearé con saliva nuestra anticuerpos contra el virus, construiré andamios para reparar la fachada de mi cuero, intercambiaremos brillos de ojos por ósmosis inversa, evangelizaremos iones negativos al signo de la cruz. Cuando acabe este apocalipsis volveré a manosear tus pies contando pasos y, curados, bautizaremos nuestro encuentro como amor trashumante en busca de brotes verdes, padeceremos tartamudez de besos, por ser peor el remedio.

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