365 DÍAS A 180 GRADOS

Descubrí hace poco que he vivido como un pulpo, con tres corazones. Disparando sangre, oxigenando las células por si el miedo acuático traía depredadores, sed o tal vez alguien a quien amar. Tras varias fibrilaciones en el océano por rotura de una de las tres vísceras y reciclaje de la segunda en el contenedor orgánico, me recompuse, volví a atesorar aire y seguí bombeando.
Mis nueve cerebros quedaron reducidos al mínimo y concentrados también en uno:  por encima del pecho, para dominar sobre el ventrículo más ardiente.
Mis branquias tampoco resultaron demasiado rentables, así que, a menudo me encerraba en la superficie para esconderme de algún pez payaso, delfines y otros monstruos. A estas profundidades, los tiburones me resultan aburridos, nadan y cazan en el mismo sentido.
Y otras, otras veces, cargando bombonas de pena, me sumergía a simas indecentes en sollozos abisales. Los lloros, en la lluvia y el mar se desdibujan sin origen ni destino.

Entre vastos architeutis toqué fondo y aprendí que acabaría reventada como los grandes engullidores, por revelar un amor mayor que el que recibía: moriría de exceso. Así que me limité a estar, a mantenerme viva con poco hasta poder aprovechar una corriente y subir hasta mi sitio.

Y en una de esas emersiones, mientras revisaba que mi maquinaria no estuviera dañada por el salitre de lágrimas y  frotaba mi carrocería para volver a brillar, un día, otro incomprendido ser trataba de salir de su cueva para cambiar de estación sin saber que iba a mostrar al mundo la maravilla de sus colores, la pureza que le atravesaba. Nadamos hasta donde no cubriera y con el mar fluyendo, fuimos agua.
Como un niño pobre, me ofreció compartir su todo que resultó un completo universo y me quedé a vivir en él. Salí de mi cárcel con la llave que nunca encontré y desde entonces, en cualquier perspectiva y escenario, erguido o apaisado, nos damos aire y nos damos prisa. 

Como amantes libres, cumplimos una sentencia en firme sin pena alguna y hemos decidido pasar al tercer grado para dormir en casa. Así soñamos juntos y no tenemos que darnos explicaciones oníricas, ni siquiera técnicas, porque somos expertos y funcionamos sin instrucciones. Somos los bomberos de Farenheit 451, que en lugar de sofocar llamas, provocan lenguas de fuego. Somos extintores de hambre, hojarasca y piñas en cama de rama seca. Somos los incrédulos que penitentes arrastran las rodillas hasta la ingle del otro. Somos tierra y fuego como vasija de alfarero que cuece lento. Ovillo de nudos enlazados en maravillosa maraña cerebral. Somos lo que queríamos ser en nuestra película. 

Así he decidido quedarme en tierra, atada a su vello pecho tanteando sus ondas y mis rizos para escuchar su compás, agitarlo o amansarlo según su metrónomo precise. Haciendo imaginarias periféricas en su cintura para guardar el orden y desordenar lienzos.
Esta Navidad nos regalaremos teclas para formatear las tripas e instalar más mariposas, vaya a ser que echen el vuelo las que se posaron en su día. Pediremos más deseos a las Giacobínidas, juraremos no pasar hambre de labios por la tierra roja de Tara, nos extenderemos en el otro como hiedra insolente, nos empaparemos en malta de Talisker para proclamar la verdad del amor. Reconstruiremos Manderley, bailaremos en los cuadros más ásperos, troquelaremos abrazos en el cuerpo como matriz para no perderse y así perdernos.

 

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