ESCALAS DE RICHTER

Más réplicas, idénticas a las del pasado. Aún me sorprende haber podido sobrevivir a esos terremotos con pocas heridas a su dominio y opresión.  Como si hubiera crecido en un volcán en el que, además, iban detonando pequeños tornados poniendo a prueba mi integridad.
En sus explosiones por asuntos banales, donde solo él veía fallo, me acostumbré como superviviente a cambiar de tercio (y de medio) con risas, y aprendí distracción experta para salvar agravios. A tapar lo más lógico cuando a los ojos de él se volvía afrenta. A captar señales con increíble precisión por todo lo que a sus ojos era pecaminoso, perversión y falta. Hasta me costó separar su verdad universal del universo de verdad. Cuánta fuerza tuve que fabricar para correr con todos los gastos de abrir otro camino en secreto, pensar de otra manera, limpiar de culpa lo inmaculado y ver con mirada limpia, sin contaminación, las transparencias del mundo. 

Exigente y rígido, desde siempre nos llevó por el camino más arduo posible. Es curioso conservar en el recuerdo solo tres escenas, o apenas cuatro, en las que en un exceso de dulzura, me premió con sonrisas gratuitas, con atenciones naturales. Sin molestarse en gastar un mínimo de respeto, ni mostrarlo, trataba a su mujer como si una mesonera le sirviera continuamente. Le recordaba a diario sus obligaciones y no consentía ni un gesto de reproche. Firme control de horario, irritantes normas.  Evidentemente él y solo él tenía la primera y la última palabra, la única decisión, el voto exclusivo.  Su patología de celos se erigió por encima de todo. Además cultivó a conciencia una actitud que hacía arder el ambiente por incierto que fuera. Sus miradas envenenadas hacían estallar cualquier atmósfera, era un don sobrenatural. No hay nada más certero para dictar sobre los demás que creerse el poder como propio, que adueñarse del miedo para controlar la voluntad del resto, hacerles sentir pequeños. 

Ella, no he conocido persona que venere más a su madre, que la erija como santa durante toda su vida, que bese y bendiga cada palabra que aquella dejó dicha, que le sea más querida y ensalzada, que tuviera más devoción a su antecesora. Pienso ahora, si ella no optaba a ocupar un puesto igual cuando ostentara el título de madre. Sentirse profundamente honrada, recibir atención no dejó de ser su máxima gloria.
Ahora entiendo que no supo cómo resolver una vida que ni sospechaba, que se perdió intentando achicar agua en un bote condenado que recogía más pasajeros de los que podía soportar, incluida la fe. Así que, en el nombre de Dios, quiso protegerse de su marido pronunciándose en la creencia que él jamás creyó, y dándole al Altísimo más rango que a su propio dueño. Casi estoy convencida que empezarían aquí sus renglones como enferma imaginaria: el dolor es un gran aliado como excusa a un acercamiento carnal. Con el tiempo, el calvario por desengaño, atrapó al cuerpo que también empezó a quebrarse y descubrió, que, había quienes se apiadaban de su daño mientras ella hinchaba su pena. 

No tengo dudas de su querencia, ni siquiera de su dolencia, pero tanto tiempo intercambiando papeles, me hacen desear salir del escenario. Yo no escogí ese rol, o puede que no desde el principio, ¿cómo se puede escoger el personaje cuando no sabes ni leer tu guión? Y de pronto, de siempre, ahí estaba yo, dejando mis muñecas y protegiéndola de su marido, a veces santo y a veces diablo.
Hasta ella empezó a llamarme ‘mama’ como si  mi pequeño cuerpecito tuviera el abrigo y el amparo que tanto necesitó y volvió a reclamar adulta. Eso fue lo que hice, salvarla, cuidarla, custodiarla… no fuera a saludar a un vecino y él andara cerca. Atenderla y hacerle de refugio con crudas escenas más de tiempos de guerra que de familia corriente. 

Y un día aquel ser frágil , creció tenaz como mujer ante el ridículo intento de dos progenitores en detener lo inevitable. Ya no comulgaba con él en un papel de bufón para distraer un trastorno sin diagnosticar que se justificaba en temperamento. Así que mi venda se desató y vi, sin más entretelas, lo que éramos. 
También abandoné el papel de madrina y benefactora hacia ella, por querer llenarme el pecho de otros merecedores de mis abrazos. La pared que fui construyendo hasta mi cabeza ya no me permitía llorar con su pena hinchada, porque necesitaba extender mis ramas y mis raíces para crecer en un jardín inventado por mí. 

Después de años, de granadas lanzadas, minas pisadas, batallas alzadas y dramas por entregas, he reconocido la esterilidad para cambiar nada en ellos, solo queda la aceptación, reconocer que su modo fue el mejor porque fue el único que sabían… Aunque no nos enseñaran que lo mejor de la vida era solamente vivir.
A pesar de que en su existir, el sufrimiento y el martirio eran las máximas. El mundo es para ellos un gran campo de concentración en el que más vale no tomar ningún riesgo como salir a la calle si no era necesario, no conducir el coche si no es vital, desechar la idea loca de viajar a ninguna parte porque visto un sitio, vistos todos y  no disfrutar demasiado, vaya a ser que te descubras feliz.

Para ellos el triunfo como padres era llegar a adultos con buena salud, con abundante alimento en la nevera y con dinero ahorrado que pudiera pagarnos la cultura que les fue negada.
Sé que no podría ser de otra manera más conveniente para mí, no cabía otra opción, nadie les enseñó y en su mundo de necesidades primarias, resistir ya era una victoria. Fueron como pudieron, porque los pingüinos, a pesar de sus alas, no pueden volar. Porque en sus naufragios particulares, calcados y distintos, ninguno de los dos supo cómo nadar a tierra, solo mantenerse vivos y flotar en la tempestad. Aguantar los vaivenes continuos en la caprichosa marea, las maderas mojadas y podridas eran casa.

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