TEDY

Las rodillas le negaron los pasos, ya no había vida en sus extremidades. Intenté convencerlo vez tras otra para un paseo, pero sin articular palabra, ni más ruido, se rendía al suelo. La gravedad hizo su efecto, y lo castigaba una y otra vez, caía sin poder encontrar la fuerza para mantenerse erguido. Como si sus piernas fueran de gelatina, como si no fueran suyas. 

A pesar de la mirada suplicante, no había dolor en sus ojos, solo certeza de la hora negra. Me ayudaron a alzarlo, jamás se debería levantar a solas a un moribundo. Entre cuatro brazos, su dejadez fue extrema, su delgadez más obvia. Inmóvil, solo le funcionaban los ojos, como si fueran luces de un juguete estropeado. Acción automática, gestión obligada. El viaje fue rápido, pero seguía dejando rastros de su imparable final en forma de orina. Hasta la clínica subimos con él en abrazado al pecho, pero tenía la firme y oscura corazonada que no volvería a bajar las escaleras conmigo de vuelta.
Lo depositamos en la camilla con el cuidado de una pieza valiosísima a punto de romperse. Se derramó en el frío espacio esperando que le abrieran las puertas a un arco iris. Le abracé, deshecha, pero aparentando quietud, le prometí que no estaría solo, que no le dejaría, que seguiríamos juntos en la última cruzada. Le recordé lo valientes que fuimos al probar todas las alternativas, al enfrentarnos de cara a la enfermedad, lo fuerte que fue él como para soportar hasta lo que ninguno se atrevió a intentar. Tembló dos veces al acabar yo mi discurso, nunca le había visto tiritar, nos heló su respuesta.

Pero aún quedaba asegurarse, en estos casos no hay vuelta atrás. Así que, sin poder dejar de llorar, me agaché a su frente, le di unos besos de esquimal y le pregunté -¿Qué necesitas? No apartó la nariz de mí como siempre hacía, permaneció ahí. No retiró su cabeza de mi barbilla, soportó la tristeza mojada. Mi querido compañero me dejó agredirle aún con más lágrimas, quieto, afín.  -¿Qué necesitas? musité una segunda vez encima de su nariz. No hubo respuesta, solo su cabeza sujetando otra vez mi pena. La aguja de la vía fue más punzante que de costumbre, la más dolorosa pero sin necesidad de contenerle, nuestros lloros aún más letales que su inyección, el líquido blanco entró  buscando su latido y cuando lo encontró, no hubo más contienda, sin luchar, se dejó ir.

No cabía en nuestras mentes cómo podríamos entrar en casa sin volver a abrazarle, sin volver a recalcular nuestro camino diario contando con él.

Al llegar a casa y abrir la puerta, sabiendo que no estaría para recibirme, escuché las uñas contra el parqué como el baile de claqué de cada tarde. En ese momento experimenté el dolor del miembro fantasma, porque fue mío y vivió en mí.

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