BOND. NO BOND

Como Blofeld, el adversario de Bond, dedicaba unos minutos al día expresamente para jugar con él y acicalarle. Atado a su correa, Emiliano paseaba a Joan por las tardes en el patio que delimitaba la valla hasta la piscina comunitaria. Todo sería bastante corriente si no fuera  porque se trataba de un gato. No era un nombre usual para un felino, pero es que, su dueño tampoco lo era. No es habitual para mí caer fulminada en un flechazo textual durante cinco días, él confesó que tampoco era su caso.

Fuimos repasando la filmografía del personaje de Fleming sintiéndonos invencibles y humanos, héroes y vencidos por igual desde nuestras pérdidas. Las suyas muy duras: una demasiado natural y contra natura; la otra demasiado de película, en un exceso de distancia nórdica ella acabó con un mensaje y un mensajero recogiendo pertenencias. No puedo imaginar el dolor, el desgarro ventricular.

Coincidimos en nuestra aversión por la plancha y tolerar las arrugas de las hiladuras, pero declarada pasión por un orden y limpieza. Por eso, previendo que un día viniera a casa, limpié con esmero mis libros, todas las filas y estanterías, para que no me dejara solo por el polvo.

Las ganas hicieron de catalizador y el encuentro se quiso adelantar, pero desafortunadamente la lluvia lanzó sus peores pronósticos en operación trueno relampagueando avisos, además mi fiebre subió a la cabeza, por lo que la cama fue más desmayo que gozo.
Un día más. Pactamos vernos en su territorio, desde Gràcia con amor, tras una tormentosa semana, la temperatura subió a alta tensión si ello era posible, así que él se presentaría con esa elección en sus pantalones, jeans, camisa blanca y cazadora marrón. Yo le recogería con el coche y él se dejaría ver en la parada de autobús de una plaza, el único temor por mi intrépida torpeza era dar vueltas sin parar como el pony de un carrusel. Pero me aseguró ser doblador en escenas de riesgo, sabía que asaltaría mi coche como el agente con licencia para catar.
Servicial y cortés, el espía que me amó cinco días, cedió el aparcamiento de su Aston Martin sin desfibrilador a mi caballo blanco.

Probablemente nuestro encuentro se trató de la confluencia de dos almas atormentadas, su pastilla diaria por una alteración de título japonés conjugó con mi terco síndrome de Tako-Tsubo. Leyó el prospecto propio, mis indicaciones y posología y creo que, desde ese instante, el miedo a su propio vértigo le hizo caer también en el mío… o caímos juntos en un portal de tiempo, brillantes e infinitos como diamantes para la eternidad.

El día de todos los santos, muy vivos, levitamos, ascendimos al cielo en solo cinco o seis acometidas labiales. “Nos besamos bien” me confesó. Le contesté algo que no estuvo a la altura de su sinopsis sobre nuestra magia.
El día de los difuntos, cuando más vivos que nunca, morimos otro día de emoción. Se desbordó él por los pespuntes de un entusiasmo hilvanado, yo que me sentí enhebrada desde su hierba mirada, y deseé sus costuras desde su primera aguja en prosa, ser única y sólo para sus ojos.
Respondía desde el primer día a mis mejores versos con emociones gráficas que calificaba como corazones de mierda, quizá por no buscar competir y a mí me sabían a dulce manjar. Corazón que vive y deja morir, también así dejó de latir el dibujo.

Decía que no quería ser otro y no llegó a serlo, quizá porque no quiso salvar conmigo nada más que lo puesto, esos pocos besos y la ropa. Dicen que solo se vive dos veces, pero dudo que él aparezca una segunda, aunque nunca diré nunca jamás.

El mundo no es suficiente para continuar vivo, por eso me admitió que sus discípulos le salvaban a diario aunque ellos no lo sabían. Tampoco Joan sabía que, era Emiliano el que lo sacaba a él a pasear, que era el gato quien le pedía el arnés cuando veía a Joan envuelto en neopreno y tirando piedras a ese lago en el que a veces se sumerge.

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