18 SEPTIEMBRES

Fuiste mi primera vez, dolió, no te voy a mentir. Cuando creí estar preparada, de pronto la situación se convirtió en ese túnel en el que, en nivel consciente se confunde suplicio, sorpresa, angustia y placer. No tenía ni idea de qué se supone que debía hacer, pero finalmente el cuerpo es sabio y lo primero que sientes al tener a tu hijo en brazos es que tienes que protegerlo, porque, inesperadamente, le quieres antes de verle o ni siquiera tocarle.

Fue un proceso largo en el que, durante una tarde y una noche, con prisas químicas y poca colaboración de mis músculos, insistimos en que brotaras, porque te aferrabas a mis entrañas con nuestra seda atada al cuello. Al verte, se hizo el silencio en mis adentros, los gritos se volvieron mudos a pesar de mis fauces desencajadas, sangrantes, menguó el calvario de abrirme en canal, y a pesar de sentirlo, bajó el volumen. Casi enseguida, salías de mí y volvías a mí. En mis brazos, como quien toma aire por primera vez, tu lloro era confuso, la luz, el frío, mi arrullo de piel, mi voz desde fuera de nuestra caverna, familiar y extrañada.

Mes a mes, día tras día, tu carita iba cambiando, tus ojos azul grisáceo mutaron a marrón claro, tus cabellos dorados  se tornaron cenizos. Cada día una página en blanco, una palabra nueva, una travesura distinta, una imitación aprendida, aquel comodín que gritabas feliz cuando no sabías qué decir: “ukelele” y que nadie sabía de dónde habías copiado.
Siempre con aquella postura traviesa que tanto daba que hablar. Nos sorprendió a todos que a los cinco años dibujaras y escribieras con las dos manos hasta que optaste por la izquierda para dibujar todo lo que te resultaba tan interesante, ambigua tesitura porque jugabas, apuntabas y lanzabas con la derecha. Por eso, quizá, algún siete se resistió hasta bien tarde a ponerse en su sitio, ambidiestra actitud.
Todas las madres adoramos que nuestros hijos resalten del resto, es una reacción naturalmente proporcional a rellenar el espacio de “Hijo” en el libro de familia. Pero casi seguro muchos de tus profesoras, tutores, te recordarán siempre, varios me lo han reconocido, “por bien y por mal”, diablillo, encantadoramente revoltoso, inquieto, vivaz.

El escenario te tocó el corazón, el flechazo de las bambalinas ha sido irresistible y ahí andas entre más personajes que has escogido como parte de tus amigos. Todo pasa cuando tiene que ser, y aunque has tardado en descubrir las mieles de la adolescencia y primera juventud, las escenas están sucediendo como en una de tus adorables películas. No me explicaste el primer beso, aún no me has confesado cuándo pasaste más vergüenza ni más miedo, pero me gusta que sepamos mirarnos a los ojos y querernos bien.
No me imagino haber conocido un hijo mejor que tú, porque no serías tú. No puedo decir que eres perfecto, ni el más disciplinado, ni quizá el más insuperable en belleza, pero sé que eres lo mejor que he podido hacerte y la versión más adecuada que escoges en cada momento.

Querido mío, cumples dieciocho y quisiera premiarte con algo exclusivo, pero solo puedo regalarte consejos para siempre. A pesar de los obstáculos, no te rindas, lucha por lo que deseas y amas, nadie te regalará nada, así que trabaja duro, equivócate y levántate: es la única manera de llegar al éxito, pero no dejes de proyectar, atrévete a intentarlo. Mantente íntegro a lo que perdura. Ama, ríe, sé generoso, profundiza, no te quedes en la superficie, ni con las personas ni con lo que sueñas, aprende a ver más allá. Distingue entre ser decidido e insensato, no todas las batallas son provechosas. No te arrepientas de haberlo intentado, solo los valientes alcanzan el triunfo y pocas veces a la primera. Vive la alegría por las tristezas que vengan. Si crees en ti, nada contra corriente, aún zambúllete, aunque intenten convencerte de seguir las aguas del mundo.
Recuerda quiénes eran tus mayores y lo que hicieron por ti y contigo. Trata con respeto siempre, a las mujeres además con la exquisitez que merecen. Cuida y quiere a tu hermana a pesar de que toméis caminos distintos, siempre será tu otro eslabón, el que te ata a un pasado común, que continúe siendo un presente en el futuro.

A las catorce treinta, el veintinueve de hace dieciocho septiembres, mi tripa perdía su habitante más preciado. Esa montaña empequeñeció a la mitad, pero me advirtieron que raramente volvía a ser la original. La carne rota que dejó en mi pubis apuntaba a ser el recuerdo perenne de tu paso por mi vientre. Es increíble cuánto se es capaz de soportar y olvidar… tanto como para pasar por lo mismo una segunda vez, pero esa es otra historia.

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