DE IMANES Y BRÚJULAS

 

Explotó algo inesperado al vislumbrarle aún de lejos. La miopía y mis gafas en casa hicieron función nula de distinguir con precisión, pero aún borroso lo vi todo claro. La energía llegaba hasta mí atravesando la calle, desde el aire, como una sacudida eléctrica de la que no me pude recuperar en toda la noche.

El saludo fue ansia desde la última reencarnación, tuvimos que esperar toda una vida a encontrarnos. Existir en diversos cuerpos, morir varias veces en otras carnes y atravesar desiertos sin más agua que saliva caduca.
No podía luchar con su fuerza así que me dejé mecer en ella, acogiendo sus vibraciones y volviendo a emitir en su misma frecuencia. Él también se percató del magnetismo de los cuerpos, de la atracción de estos dada nuestra masa química, así que se internó en mi aura. 

No encontramos sitio más real y mundano que un castillo como campo gravitatorio. Desde el poder que otorga la grandiosidad de las almenas, prometí que toda sería suya si se inclinaba a la puerta que se nos había abierto. Él no necesitó más muérdago que mis cabellos para un primer beso. Después tanteamos entre sombras, leyendo en Braille, cada punto convexo.

A veces, al mirarnos, nos sentimos semidioses al haber creado un mundo propio en seis días y seguir codiciándonos. Es como somos, sin descansar el séptimo, si llegamos a amar, queremos a fondo perdido.
Contrario a nuestro afán, esta semana el mundo lanza misiles mientras nosotros planeamos el orden del día con objetivos nuevos.

Su voz es música y utiliza mi cuero como tambor, frotando, palpando mi propia armonía. Percusiona mis caderas de memoria sin leer pentagrama alguno. Se introduce en mí usando mi piel como cortina insonorizada sin atender sus propios latidos. Sacia su sed en la sal de mis labios, estrujados, mordidos. Calibra intenciones en el parpadeo de mis ojos, como el que ajusta un metrónomo. Sus manos me puntean en reincidentes deseos.

Ocurre pocas veces la nieve en agosto, la electricidad sin luz pero, ahora sabemos que no es necesario tocarse para vibrar a primera vista. En acto de fe nos abrimos, recitamos, sin fundas ni adivinanzas en notas encadenadas, propasadas, desmedidas, a dos voces.

Una noche se fue sin cenar pero devorado y satisfecho. Otra noche se fue con mis besos como salvoconducto.
Quiero hacer brotar en él mil risas, mil delirios, para que busque sobre mi piel una ‘Guayominí’ y me conceda los doce puntos.

Yo ya he hecho mi propio nudo Prusik para poder deslizarnos en nuestros relieves. Quizá hagamos cima y consigamos dejar las nubes imposibles a los pies.
Quién sabe si, con el tiempo, pediremos una orden de alojamiento en el pecho.

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